El estanque del néctar de la inmortalidad
 Autor:Mikel
Fecha: 2011-10-12
 

En el Lejano Oriente, siempre amanece temprano. Desde mi habitación en la undécima planta del hotel Ista de Amritsar la vista se pierde en un dédalo de pequeños vergeles aparcelados, donde los cultivos frutales –principalmente mangos- se desparraman al pie de caóticas construcciones de hormigón. En muchas terrazas los habitantes duermen al raso: de noche, la temperatura no baja en esta época de los 20 grados.

 

Deslizan un ejemplar del Hindustan Times por debajo de la puerta. Noticia impactante: “Call for checks on sex surgeries”, sobre la proliferación en la región de Indore de la práctica de operaciones de cambio de sexo en niñas para transformarlas en niños. En otro orden de cosas, se anuncia la llegada anual de los monzones al Punjab, para alegría de los agricultores. Aquí, cuando llueven siempre te dicen que hace buen tiempo… En el suplemento HTCity anuncian nuevos estilos para llevar el turbante sij, en cursos impartidos durante las vacaciones de verano en la universidad. Y es que un turbante no es simplemente una pieza de tela que cubre la cabeza, sino cuestión de orgullo para los punjabis. Un dicho popular asegura que uno puede saber mucho de la personalidad del interlocutor por su “dastaar” (turbante), “guftar” (habla) y “raftaar” (ánimo).

 

El restaurante donde sirven el desayuno en el Ista rebosa de familias sijs bastante cosmopolitas, con ademanes refinados y una pinta estupenda. Muchos de los comerciantes sijs que abandonaron el Punjab en busca de los prósperos mercados de Delhi, amasando auténticas fortunas, se vieron obligados a huir de la capital tras el asesinato de Indira Gandhi por parte de dos miembros sij de su guardia personal. La violencia hacia la comunidad sij en esos años fue tremenda. Dirigieron sus pasos hacia los estados de Uttar Pradesh, Himachal Pradesh y Hariyana, e incluso hay quien regresó al Punjab o buscó nuevos horizontes en ciudades remotas como Lucknow. Sus hijos dominan el inglés y tienen cuenta en Facebook, pero no saben hablar ni una palabra en punjabi. A nuestro alrededor, desayunando en animada conversación con sus familias, hay muchos jóvenes que se ajustan a este estereotipo.

 

Pasan apenas unos minutos de las diez y media de la mañana cuando nos encontramos con Sabbaj, un  joven y simpatiquísimo guía que se define a sí mismo como “sij moderno”. No cumple con ninguno de los cinco preceptos que guían a cualquier miembro de la Khalsa, la comunidad sij: no lleva el cabello largo (ni tiene barba), no lleva turbante ni esconde en él un peinecito de madera, carece de puñal, dudo que bajo su vaquero lleve el calzón largo de los guerreros, y no veo que ninguna de sus muñecas se adorne con la preceptiva pulsera de acero que simboliza la igualdad identitaria que promulga el sijismo. A diferencia de los sijs “pijos” que han compartido desayuno con nosotros en el hotel más chic de Amritsar, ubicado a la vera del centro comercial más de moda en la ciudad, Sabbaj probablemente pertenece a una familia austera. Como muchos guías en las regiones menos trilladas por el turismo en este país, suple su falta de conocimientos con un dominio del inglés más que aceptable, y ganas de agradar.

 

El chófer que nos acompañará durante toda la primera parte de nuestro viaje, desde Amritsar hasta Srinagar, se llama Bakshis Singh. Todos los sijs, independientemente de su nombre, añaden al mismo el apelativo Singh, o “León”. Enjuto, de luengas y canosas barbas, turbante bien ceñido al tupido pelo y traje punjabi, es clavadito a Bin Laden. Cuando sonríe, muestra una boca algo desdentada pero franca, en duro contraste con el rostro circunspecto y, por qué no decirlo, triste de su joven asistente.

 

El calor es considerable cuando el imposible tráfico de rickshaws, auto-rickshaws (“tuk-tuk”), bicicletas, motos, camiones, coches y vacas nos obliga a detenernos en las inmediaciones del centro. Toca caminar (la congestión es absoluta) en dirección al recinto sagrado del Templo Dorado, siguiendo a la turba de peregrinos que se afanan en alcanzarlo cuanto antes, esquivando el sol del mediodía. Apenas quedan un par de edificios históricos en pie en las inmediaciones del Harmandir Sahib, totalmente arruinados, que podrían dar fe de un pasado esplendor hace tiempo olvidado.

 

Al llegar al gurudwara, rodeado por blancos muros y varias torres de reloj, toca descalzarse y guardar deportivas, chancletas y sandalias en un saco. Sabbaj se encarga de entregárselo a un amable sij que lo deposita junto a otros similares en una estructura que hace las veces de guardarropía. No se permiten los calcetines, así que toca abrasarse las plantas de los pies hasta alcanzar el canal de agua en que todos los devotos deben sumergir sus pies antes de acceder al templo. A partir de este punto, todo es mármol blanco: suelos, paredes, escaleras, balaustradas, placas dedicatorias in memoriam

 

La primera visión del Templo Dorado es sencillamente sobrecogedora. En el centro de un enorme estanque, el mítico Amrit Sarovar o “estanque del néctar de la inmortalidad” (de donde en última instancia proviene el nombre de la ciudad de Amritsar), parece levitar un pabellón marmóreo cubierto de dorados metales en tres cuartas partes de su estructura. A orillas del sarovar, uno siente la tentación de imitar a los peregrinos y despojarse de toda vestimenta –salvo los calzones de guerrero y el característico turbante- para sumergirse en las aguas que en tiempos curaban a leprosos y pestiferados. Con el sol del medidodía, la dorada cúpula del Harmandir Sahib lanza hirientes destellos hacia los soportales del parikrama, el deambulatorio cubierto bajo el que dormitan cientos de devotos.

 

Antes de iniciar el giro ritual que, a imitación de la vida, nos conduce hacia la salvación del Harmandir Sahib, merece la pena visitar el inmenso recinto del Langhar, el hospicio de peregrinos que administra el gurudwara. Como en todos los templos sij repartidos por el mundo, el Langhar se nutre de un ejército de voluntarios que se disputan las actividades cotidianas con el fin de expiar quién sabe qué voto. En la primera sala a la que accedemos, el calor es abrasador alrededor de una máquina de amasar, moldear y tostar chapatis perfectamente redondos. Varias mujeres recogen los recortes de masa para volver a alimentar el engendro, que vomita sin cesar rodelas de pan ácimo. Más allá, la necesidad autoimpuesta de dar de comer a todos, y por igual, obliga a un grupo de mujeres y niñas a hacer chapatis con sus propias manos, mientras los hombres cocinan dal mixto (una mezcla de varias especies de lentejas) y arroz pulao amarillo en enormes crisoles alimentados por brasas. Hay quien prepara ready-made tea (té con leche, azúcar, semillas) y quien remueve el cuenco del barfi (dulce de leche, azúcar y cardamomo). Y no faltan quienes mantienen siempre lleno el caldero de ghee (mantequilla clarificada de vaca), importantísimo para cocinar el pulao o cumplir con la receta del halwa (un postre de harina de garbanzos o arroz, con ghee, azúcar, coco, cardamomo y frutos secos).

 

En el gurudwara todo se recicla, incluso la ceniza que se genera con la combustión de enormes tocones de madera cuyo fuego alimenta las concinas del Langhar. Los más píos se disputan el honor de fregar decenas de miles de cacharros de hojalata al día, frotando con ceniza hasta sacar brillo incluso en el cuenco más rayado. Y no falta quien baldea con agua sagrada, y quien se ofrece para servir tamaña sopa boba a los 30.000 peregrinos que de media arriban a diario al Harmandir Sahib.

 

Abandonamos el Langhar camino del parikrama. En sus cuatro esquinas se reparte agua fresca para mitigar el bochorno, y gigantescas pantallas de plasma proyectan en punjabi e inglés las primeras palabras “pronunciadas” por el Sagrado Libro al ser aleatoriamente abierto en su “despertar”. En todos los gurudwara del mundo se sabe ya a estas horas cuáles han sido esas palabras: no en  vano, cuando el décimo gurú histórico de los sijs decidió que tras él sólo podría ser gurú el libro que contenía todas las enseñanzas del Gurú Nanak (fundador del sijismo) y sus nueve seguidores, la “palabra” del Gurú Garanth Sahib es santa.

 

El Harmandir Sahib, el Templo Dorado de los sijs, flota sobre el Estanque del Néctar de la Inmortalidad unido al parikrama por una pasarela de unos 60 metros. Centenares de peregrinos forman tumulto para lograr acceder al puente, y no logramos convencer a un guardián sij, armado con lanza, de que nos permita utilizar un acceso alternativo. Vamos, que intentamos “colarnos” y no funcionó… En cualquier caso, como volveremos de noche, preferimos evitar una avalancha y nos acercamos hasta las escalinatas que dan acceso al “Trono” del Libro Sagrado, un edificio que además de servir como sede administrativa de la comunidad del gurudwara, esconde la habitación con la cama donde “duerme” el Libro. En una urna monumental se exhiben las espadas y lanzas de históricos guerreros del sijismo y, cómo no, por doquier abundan gigantescas huchas rebosantes de rupias.

 

Alrededor del Harmandir Sahib abundan los negocios que comercian con la habitual parafernalia sij: peines, puñalitos, sables, pulseras… Sorprenden las telas de ricos brocados y llamativos colores para cubrir el libro santo (Maribel y Jesús compran sendas), y bellos ejemplares del Guru Garanth Sahib encuadernados en oro y traducidos al inglés. Rafa no puede evitar hacerse con uno. El resto optamos por hacer cola bajo un sol de justicia para comprar un refresco de limón.

 

No todos los rincones de India transmiten paz y buenas vibraciones. Es el caso de Jallianwala Bagh, en Amritsar: un lugar tristemente recordado por la matanza que en él tuvo lugar el 13 de abril de 1919. Tras casi tres siglos de dominación, los movimientos independentistas estaban al rojo vivo; el Imperio Británico daba sus últimos coletazos en el antiguo Indostán. Fue por esas fechas cuando el Gobierno inglés promulgó una de sus famosas e injustas leyes: el decreto Rowlatt, según el cual cualquier movimiento por la independencia era ilegal y se imponían duras medidas, tales como la encarcelación sin juicio previo, a todo aquel sospechoso de sedición.

 

El pueblo acudió en masa a manifestarse en la ciudad de Amritsar. Una manifestación que congregó a más de 20.000 personas, entre los que se encontraban mujeres y niños de apenas semanas de vida. No hubo ningún disturbio a destacar, los ciudadanos exigían pacíficamente sus derechos. Entonces, sin previo aviso, el general inglés Dyer mandó disparar a sus tropas. En apenas 10 minutos, unas 379 personas habían muerto, y otras 1500 resultaron heridas. Eso, siempre desde fuentes “oficiales” británicas; el Congreso Nacional Indio sostiene que el número de fallecidos en la masacre fue mucho mayor.

 

Cuando uno se encuentra en Jallianwala Bagh y ve las marcas de bala en los muros, y el pozo donde centenares de personas se arrojaron en un vano intento por poner a salvo sus vidas, puede sentir cómo se le encoge el corazón. En un lateral, una llama recuerda permanentemente a las víctimas; y en el centro del recinto, una gran escultura, también en forma de llama, representa “la eterna libertad”. Libertad que India conseguiría el 15 de agosto de 1947, casi tres décadas después.

 

Regresamos a pie al bus, agotados por el calor. Para almorzar, nos sirven ensalada verde, ensalada fattoush (poco o nada que ver con la receta libanesa original), aloo papdi chaat (deliciosamente picante), crema de verduras o sopa de judías a elegir, penne con salsa cremosa, pollo con champiñones, mutton roganjosh (la mítica receta kashmirí de cordero), dal tadka (sopa de lentejas), kofta curry (de albóndigas), pea pulao (arroz con guisantes) y panes indios variados como nan, chapati, paratha… Rematamos con hot chocolate mud cake y Gulab Jamun (buñuelos fritos en almíbar) con helado de vainilla. Ah! Es el cumpleaños de Merche Bagazgoitia, así que le cantamos mientras sopla una velita, y le regalamos un precioso cuaderno de notas.

 

Me resulta difícil describir la ceremonia diaria de cierre de la frontera de Wagah, en los límites entre la India y Pakistán: calor, airones sobrevolando el turbante de la soldadesca (auténticos gigantes), gritos enfervorecidos a ambos lados de la verja…

 

 

Ya por la noche, la cena-buffet del hotel nos permite disfrutar con una pizza finísima recién hecha, regada con cervezas Kingfisher Light o Strong. Corremos al centro de la ciudad para acceder de nuevo al gurudwara y hacer cola para ver cómo preparan el libro, el divino Guru Garanth Sahib, para ser acostado, llevado en procesión desde el Harmandir Sahib (logramos acceder a su planta alta, con balconada y frescos) hasta su alcoba en el palacio principal del recinto.

 

Felices sueños.

 
 
 
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En ruta hacia el Punjab: Amritsar
2011-06-26
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