En Shigatse, el hotel nos ofrece un desayuno tradicional tibetano, de esos que levantan a un muerto. Araceli y Pacita se demoran en la tienda frente a recepción, bastante buena para lo que se estila por estos lares. Inmediatamente ponemos rumbo hacia New Tingri (Shegar), visitando en ruta las ruinas del monasterio de Narthang y su nuevo monasterio, con muros de adobe espectaculares. Se trata de un minúsculo cenobio con monjes jovencísimo, lleno de gatos y una interesante biblioteca de tablas de sutras. A la salida, varios monjes hacen sus abluciones diarias en el caño, con agua helada y una pastilla de jabón. Aún es muy temprano…
La Carretera de la Amistad, que venimos siguiendo desde Lhasa, comunica Shanghai con las fronteras tibetano-nepalíes. A corta distancia de Narthang se encuentra su kilómetro 5.000, debidamente señalizado con un imponente monolito. Ni que decir tiene que tomamos todas las fotos del mundo con nuestro espectacular convoy de vehículos 4x4, antes de seguir ruta camino de Sakya.
Los permisos para visitar el magnífico monasterio de Sakya son difíciles de conseguir. Apenas llegados a los límites del pueblo, los oficiales de un control policial con verja nos someten a todo tipo de preguntas, y es ahí donde nos damos cuenta de que falta uno de los coches. Como intuimos que puede haber pinchado (lo que efectivamente ha sucedido), matamos el tiempo en una casa de té típicamente tibetana donde encargamos un termo de infusión (“sweet tea”) por apenas ocho yuans. Dos personajes imponentes de una etnia local lucen trenzas adornadas con cordones de lana de vivos colores, un galón rojinegro alrededor de su cabeza. Bellísimos aros de ámbar adornan sus lóbulos. Mientras Silvia se harta de fotografiar sus perfiles, llega el resto del grupo y tras apurar el té, salimos todos hacia el Sakya Gompa. Aquí, todo el pueblo está pintado en un color gris profundo, con franjas blancas y rojas. ¿Símbolo de una atávica trinidad?
El monasterio de Sakya se rodea de los bastiones más impactantes de todo el Tíbet, una “gran muralla” local, y cuenta con la sala de oraciones más hermosa que el viajero pueda disfrutar en este rincón del mundo. Los fustes de las columnas que soportan la estructura son gigantescos troncos de ciruelo, uno de ellos regalo del mismísimo Kublai Khan. A su sombra, la misma parafernalia tántrica de siempre, aunque Sakya Gompa cuenta con algo inédito: una fabulosa biblioteca oculta tras las grandes imágenes cuyo porte alcanza el techo. Hace años que nadie la ha visitado, porque sufrió tremendos expolios por parte de viajeros ávidos de recuerdos originales y las autoridades chinas decidieron prohibir el acceso. Insisto tanto ante el monje más veterano de la asamblea, que armado de una gruesa llave se encamina hacia una puerta oculta tras la cancela. La abre, me hace señas de que me aproxime, y con una pequeña linterna compruebo que las míticas estanterías están absolutamente vacías. Nuestro traductor me indica que hace meses los chinos decidieron desplazar los legajos hacia un lugar seguro, dentro del mismo monasterio, y quién sabe cuándo volverán a ocupar estas venerables baldas.
Pero no es éste el espacio más sorprendente del monasterio de Sakya. Lo supera con creces la capilla de los dioses protectores. Lobos colgando del atrio principal y del dintel disuaden al más pintado de ir más allá, pero no podemos resistirnos a traspasar el umbral de la puerta. Dentro nos espera una maravillosa capilla con grotescas divinidades: los monjes de Sakya son famosos como magos y brujos.
Terminamos dando la vuelta (kora interior) al monasterio, que cuenta también con una afamada universidad budista. Las habitaciones de los estudiantes forman un pequeño conjunto de casitas adosadas a la pared principal del convento. A su vera surgen varias estupas con manis y cráneos de yak: aquí se unen misticismo, religión y superstición. Superada la gran pared tras la cuál se ubica la (vacía) biblioteca, conectada a una torre por un formidable paso elevado. Me escapo unos instantes hasta la librería universitaria para ver qué tipo de libros venden, y logro hacerme con un ejemplar sorprendente titulado “Tibet Customs”, todo un recorrido por el país en dibujos y acuarelas. Una belleza. Mientras, parte del grupo adquiere un folletito bastante mal impreso que muestra algunas imágenes del Sakya Gompa.
El camino hasta Shegar es largo. Comienza a atardecer cuando el convoy se detiene y nuestros guías nos señalan, allá al fondo, la cumbre del Everest, una minúscula aguja triangular en el inmenso pajar de los Himalayas. Apenas unos instantes después llegamos a Shegar. El hotel New Tingri, donde nos alojamos, es tremendamente básico. Decidimos, ignorando las advertencias de los guías, salir a pasear por el poblado. Venden fósiles por doquier. Hay niños jugando al billar en plena calle, y compramos pipas perfumadas con anís en unas tiendas con mercaderías absolutamente eclécticas.
El pueblo tiene una sola calle, que es ni más ni menos que la Carretera de la Amistad. La policía nos pide que no nos alejemos demasiado, y finalmente entramos en algo parecido a un centro de atención al turista que en realidad no es sino un bar-restaurante. Invito al grupo que ha venido a pasear a un vino chino (“Gran Muralla”): el primer trago es infumable, aunque luego mejora algo.
Al regresar al hotel, vemos un tumulto de niños en la puerta: rodean a José Luis, que está negociando decenas de fósiles con todos ellos.