Sudán
 
May.09/Abr.10 - La Tierra de los Faraones Negros




 El desierto de Bayuda, camino de Ghazali y Nuri
 Autor:Mikel
Fecha: 2009-05-12
 

El viento parece haberse calmado a lo largo de la noche, y amanece un día espléndido: un vertiginoso cielo azul cubre Meroe. Las esferas celestes de los antiguos egipcios se han congraciado entre ellas para regalarnos un día grandioso.

Avanzamos hacia el norte, camino de Atbara, ciudad sin ningún interés salvo que dentro de un mes se inaugurará un gran puente que permitirá cruzar el río sin utilizar el ferry al que estamos ahora esperando. Se nota que hay dinero en el país, y lo interesante es que está siendo utilizado al menos para dotar de infraestructuras sorprendentemente modernas al territorio. Todo está sucediendo de forma tan rápida en los últimos años, que resulta divertido comprobar cómo cualquier guía escrita está absolutamente desactualizada. Lo mismo sucede con la carretera que une Atbara con Karima: es absolutamente nueva, y llega más allá, hasta Dongola. Dentro de tres meses alcanzará Wadi Halfa, en la parte más meridional del Lago Nasser, permitiendo acortar sensiblemente las distancias a través del terrible desierto de Bayuda (al-Abyad, “el de las Arenas Blancas”). A pesar de ello, pido a Amir que a la mitad de camino abandone la flamante pista para adentrarse en el desierto siguiendo los antiguos caminos que cruzan el Wadi Abu Doom (el cauce del río “del Padre de las Palmeras” no volverá a llenarse hasta que lleguen las lluvias, y para evitar que desagüe en el Nilo las autoridades han construido un dique, así pueden abrevar sin problemas los rebaños de los nómadas).

Sobre la una de la tarde, Amir detiene el vehículo al pie de un conjunto de pobladas acacias, extiende una estera y en dos minutos organiza un fantástico pic-nic, sorprendente por lo inesperado. No tengo hambre, así que mientras Silvia disfruta de la comida aprovecho para leer apoyado en una roca, cobijado por la umbrosa y tupida copa de un árbol. El silencio es sobrecogedor, y sólo lo rompen las hojas secas que de cuando en cuando revolotean por doquier, mecidas por un viento caprichoso.

El camino de pistas hacia Karima es bellísimo, puro desierto pedregoso, de negras rocas basálticas azotadas por la roja arena del pre-Sáhara. Cerca de un pozo se arraciman los rebaños de cabras y camélidos de los Hassaniya, los nómadas que señorean por estos lares. No es difícil intuir que las oscuras formaciones que nos rodean, como sucede con las que se avistan cuando se deshace por carretera el largo camino que media entre Asuán y Abu Simbel, inspiraron en tiempos la estructura formal de las pirámides a los antiguos kushitas.

No tardamos demasiado en avistar los poderosos muros del monasterio copto de Ghazali. Siguiendo el modelo de San Antonio, que buscaba aproximarse a Dios en lo más profundo y desolado del desierto, numerosas tebaidas surgieron en Nubia, en forma de cenobios, eremitorios y conventos. El de Ghazali aún permite distinguir lo potente de sus murallas negras (¡más de un metro de espesor!), lo intrincado de las celdas, la magnificencia de su iglesia –maravilloso el suelo de la naos, qué increíble que lograsen una colección de losas polícromas en este secarral, y reveladora la combinación de arenisca, basalto y ladrillo, que ya habíamos visto en el Templo del Sol en Meroe- y los arcos del doble aljibe. Las dimensiones del complejo son tan sorprendentes que a buen seguro en su época de mayor esplendor, tras sus defensas vivieron casi cincuenta monjes entregados quién sabe si a la contemplación, quién sabe si a las intrigas. El calor es atroz, y por primera vez me cubro la cabeza con mi “chupalla” chilena de ala ancha. Una bendición. Basta una amplia mirada en derredor para comprobar que la napa freática no debe ser demasiado profunda: abundan los cultivos semi-nomádicos de cebollas y otras verduras y hortalizas en verdes oasis a la sombra de altivas palmeras datileras…

Apenas abandonamos Ghazali, Amir me señala al frente una forma oscura y unos pequeños triángulos a su vera: se trata del Jebel Barkal y sus pirámides. La morada de Amón. Un hito de la arqueología, protegido por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Pronto volvemos a incorporarnos a la novísima carretera que 397 kms más al sur nos llevaría hasta Jartum. Pero no giramos hacia la izquierda, camino de Karima y el Jebel Barkal, sino hacia el norte, buscando las grandes pirámides de arenisca de Nuri. No es difícil distinguir la mayor de ellas, la del faraón Taharqa. Mientras fotografío las pirámides del resto de reyes y las más pequeñas (¿reinas?), unos perros ladran asustados. No puedo resistir la tentación de subir hasta la cima de la tumba de Taharqa para comprobar las teorías de los arqueólogos: desde aquí se divisaba el gran disco de oro que coronaba el mítico “uraeus”, la divina cobra real que simbolizaba la legitimidad de los reyes de Egipto y Nubia. ¿Existieron secretos códigos de espejos entre los sacerdotes del culto de Amón en el Jebel Barkal, y el clero custodio de las tumbas reales en Nuri? Pero basta de especulaciones: qué espléndido es el Nilo a su paso por Karima y Nuri, qué océano de verdor, qué ingentes palmerales y cultivos de mango. Y cuán cierto es que los siglos han sido tiránicos con esta tierra, empujando a los hombres hacia la orilla del Padre Nilo, sin sentir apenas un ápice de piedad al dibujar con severo trazo la línea divisoria entre el paraíso y el infierno.

 
 
 
  Acerca de este viaje
Una expedición por la antigua Nubia, ubicada en el mayor país del continente africano: Sudán. Con más de dos millones de kilómetros cuadrados, el Sudán de los tres Nilos -el Blanco, el Azul y el resultado de la unión de ambos- resulta un fascinante caleidoscopio de etnias, recintos arqueológicos (más pirámides que en Egipto en Meroe, la morada de Amón en el Jebel Barkal...) y la oportunidad de vivir el contraste entre el desierto y las fértiles orillas del gran río. Y todo ello, sin un solo turista en cien kilómetros a la redonda.
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2009-05-13
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