África Austral
 
Ago.09 - Sudáfrica, Swazilandia, Mozambique, Namibia, Botswana, Zambia, Zimbabwe




 El humo que atruena
 Autor:Mikel
Fecha: 2009-08-29
 

Por enésimo día consecutivo, el despertador suena a las cinco y cuarto de la madrugada. Es noche cerrada. Aprovecho unos minutos para hacerme un café calentando agua en el kettle de la habitación, acompañado de un par de crujientes amarettini. Media hora más tarde, un muchacho tocado con un salacott verde a juego con su traje de safari nos recoge en un carrito de golf y nos acerca hasta la puerta que da acceso privado a las cataratas Victoria a los huéspedes del Royal Livingstone.

Alborea mientras caminamos los doscientos metros de pasarelas, miradores y caminos que permiten disfrutar del precipicio: la formidable caída del Zambeze hacia el fondo de una garganta que ronda los cien metros en su punto más profundo. A estas horas de la mañana no hay nadie en el interior del parque natural, y la sensación es extraña. “Los grandes arquetipos mentales, las ideas puras, son arrebatadas, desahuciadas por meras imágenes sensoriales” (J.M. Coetzee, Desgracia). Probablemente sean muchos los que sufran una infinita sensación de tristeza en presencia de esa fabulosa imagen sensorial que son las cataratas Victoria, en el instante en que al verlas por vez primera sientan que la idea pura de las mismas que hasta entonces había poseído su mente se desvanece. Otros quizás sucumban a un perturbador síndrome de Stendhal, con episodios de irrefrenable arrebato al saberse frente a la imagen anhelada. A mi, en esta luminosa madrugada, me produce placer la contemplación de un paisaje entre lo pintoresco y lo sobrenatural, desafiando toda escala humana. “(…) Después, partida por dos islas y grupos de rocas, el agua del río empezó a precipitarse a un abismo entre 100 y 120 metros de profundidad (…). Creo que nadie puede ver, ni siquiera intuir, a dónde va esa gigantesca masa de agua, parece que se pierde dentro de la tierra, a pesar de que el otro lado de la grieta no está a más de una decena de metros (…). La cortina, blanca como la nieve, parecía formada por una infinidad de pequeños cometas lanzados en una misma dirección, cada uno de los cuales dejaba tras de sí una estela de espuma (…). Ningún europeo la había contemplado antes, pero era tan extraordinaria que no era difícil imaginar a los ángeles observándola en pleno vuelo” (David Livingstone).

De regreso al hotel, desayunamos –cómo no- opíparamente: prosciutto di San Daniele, un cremosísimo Gorgonzola, y unos huevos Benedict perfectamente pochados. A bordo de un pequeño autocar, acompañados por el fornido Alik, nos acercamos hasta el puente que Cecil Rhodes construyó entre las dos Rhodesias, el gran símbolo de su anhelada vía férrea entre Ciudad del Cabo y El Cairo. En cada uno de sus dos extremos se ubican los respectivos puestos fronterizos, algo destartalados. Como disponemos de visado de doble entrada para Zambia (80 dólares americanos) y Zimbabwe (30 dólares americanos), los trámites son rápidos, y pronto llegamos al punto donde se inicia la ruta más larga frente a los saltos del Zambeze: de los 1.700 metros de cataratas, 200 son visibles desde Zambia y el kilómetro y medio restante desde Zimbabwe. El sol ya está alto, lo que agradecemos a medida que la finísima cortina de agua que se eleva desde el fondo de la garganta nos azota, cubriéndonos de agua y creando irisados juegos de colores. Hora y media después, completamos el recorrido de miradores llegando a la Catarata del Diablo:”Musioa-tunya”, el humo que atruena. De regreso al punto de partida, un grupo de delgados y definidos Ndebele, ataviados con sus hábitos de guerra, cantan y bailan a coro meciendo las altas plumas que coronan sus frentes.

“El agua es la sangre de África”, dijo Livingstone. Tras el Nilo, el Níger y el Congo, el Zambeze es el cuarto gran río del continente negro, con un recorrido de casi 2.700 kilómetros desde su nacimiento en Zambia hasta su desembocadura en el océano Índico, en las costas de Mozambique. Cruzando a pie ese prodigio de ingeniería que es el puente de Cecil Rhodes, sobre los míticos rápidos del Zambeze, las cataratas van quedan detrás de nosotros mientras nos acompañan sus roncos sonidos, evocadores de lejanas tormentas, formidables truenos y espantosas tempestades.

Comienza ya nuestro periplo de regreso, casi 30 horas de aeropuerto en aeropuerto: de Livingstone (Zambia) a Johannesburgo (Sudáfrica), luego a Londres y finalmente Madrid. Ayer, mientras cenábamos a orillas del Zambeze, rodeados de gigantescos árboles, velas y antorchas, pregunté a cada expedicionario que definiese con una sola palabra lo que más le había gustado del África Austral. Hay quien dijo los árboles, o la inmensidad, o los ríos; otros, los animales, los hoteles, los safaris.

Yo me quedo con los negros. En todas mis expediciones africanas, al final siempre termino dándole la razón a Kapuczinsky: antes de la aventura colonial de las grandes potencias europeas en África, más de diez mil reinos atomizaban la idea de poder en un territorio gigantesco. Varios siglos después, el cartesianismo de la geopolítica occidental lacera este continente con lápiz, regla y compás. África se convierte en un inmenso tablero de ajedrez donde los imperios británico y alemán juegan apasionadas y cruentas partidas, sin tener en cuenta que las nuevas fronteras fuerzan la convivencia de etnias, clanes y tribus de enconada, atávica y antigua rivalidad. En gran medida, el problema de África sigue siendo doble: administraciones coloniales blancas que fueron sustituidas por idénticas estructuras negras tras los movimientos de independencia, sin mejorar en nada las condiciones de vida de la población, y un intenso odio entre negros, que las mentes reduccionistas de muchos difícilmente comprenden. Nelson Mandela, desde su perspectiva pacifista, entendió desde el principio ambos problemas y siempre abogó por pasar página y seguir adelante. Al igual que Gandhi estaba convencido de que la India eran sus pueblos, pienso que África son sus gentes, millones de hombres y mujeres que agradecen que alguien, aunque sea un blanco anónimo, se interese por sus problemas, por su cotidianeidad, evitando los estereotipos fáciles y manidos. En el ejemplar de agosto´2009 de la revista “Horizons” que edita British Airways, un artículo sobre el turismo hacia las “townships”, los tremendos arrabales sudafricanos, señala: “Si voyeurismo es sólo una palabra fea para definir la observación o fijar la atención en lo que sucede en el mundo, perfecto. Es mejor ver los países pobres que vivir en completo aislamiento, en la más absoluta de las ignorancias sobre qué acontece en el planeta”.

Acabo de ver aterrizar en la pista de Livingstone el avión de British Airways que en unos instantes despegará rumbo a Johannesburgo con nosotros a bordo. Este cuaderno de bitácora, tan largo como un mes de viaje, termina con una parábola africana:

Cuentan los ancianos que hace muchos, muchos, muchísimos años, un león salió de caza con un lobo y un zorro. Una vez cobradas las piezas, el rey de los animales pidió al lobo que hiciese un reparto ecuánime de las mismas.

“Señor –dijo el lobo dirigiéndose al león-, os corresponden los cuartos delanteros de la gacela; el zorro y yo nos repartiremos sus cuartos traseros”.

Cuando el lobo se disponía a trocear al infortunado animal, con un formidable zarpazo el león destrozó su cráneo. Y a continuación preguntó al zorro. “Creo que el lobo no entendió muy bien qué significa un reparto equitativo, ¿qué piensas tu?”.

Y la raposa respondió: “Sire, no erraré diciéndoos que de la gacela os corresponde todo; cuando terminéis, y sólo si lo consideráis oportuno tras saciar vuestro estómago, yo me contentaré con chupar los huesos”.

Sonriendo, el león volvió a dirigirse al zorro: “Muy bien, muy bien, pero dime, ¿qué te ha hecho ser tan prudente y sabio?”.

Y zanjó entonces el zorro: “El crujido del cráneo roto del lobo, Señor”.

 
 
 
  Acerca de este viaje
Namibia, Botswana, Zambia, Sudáfrica, Zimbabwe, Mozambique... Del Atlántico al Océano Índico. Amantes de la belleza sin parangón, este gran periplo africano es para vosotros. Casi un mes de viaje, cinco países, los lugares más hermosos y la aventura día a día, minuto a minuto, al pie de las pistas. En Namibia atravesaremos el famoso desierto del Namib y el soberbio parque de Etosha. La proximidad de Botswana y Zambia invita a continuar el circuito recorriendo el Parque de Chobe y una visión apoteósica de las cataratas Victoria. Finalmente, Sudáfrica nos ofrecerá soberbios encantos al hilo de etapas impresionantes como Johannesburgbo, Pretoria o el Parque Kruger. Sin olvidar una breve incursión en Mozambique, visitando su capital, Maputo, una mezcla de África y reminiscencias de la colonización portuguesa.
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