Apenas superado el ecuador del mes de abril, cuando se acerca el plenilunio del Viernes Santo, el sol caribeño aprieta en Miami. En South Beach llega a ser tórrido.
Pasan unos minutos de las seis de la mañana cuando nos levantamos en pos del Ibuprofeno: acusamos una leve resaca, unida al jet-lag, que en cualquier caso nos permite disfrutar de la bellísima alborada sobre el Atlántico a nuestra izquierda, y el lejano downtown a la derecha. Lo del hangover tiene que ver seguramente con los dos Pisco Sour y las cervezas Sapporo que nos tomamos ayer en el Sushi-Samba del 600 de Lincoln Road, mientras nos zampábamos una crujiente tempura de rock shrimp con ponzu y yuzu, un delicado pulpo a la brasa con la salsa “al olivo” inventada hace décadas por la genial Rosita Yimura en su huarique de El Callao (Lima), un Maya roll relleno de guacamole, gamba roja y tomate, y sushi de pez limón, tuna toro, etc. Por cierto: antes de acostarnos, cumplimos con el ritual de protección solar, asustados por la cantidad de turistas que vimos virados al rojo vivo. En el CVS Pharmacy del 306 de Lincoln, esquina a Washington Avenue, desembolsamos 28 dólares por un continuous mist spray de bloqueador solar, un after sun de aloe vera, un protector facial y una botella de agua mineral Volvic.
En esta soleada mañana de lunes, antes de echarnos a la calle decidimos pasarnos por recepción para saludar a Igor (la comunidad rusa es importante aquí) y David, concierges del Loews. Por e-mail habían resuelto dos temas fundamentales para cualquier viajero chic que decida descansar unos días en Miami: las reservas para cenar en los restaurantes de moda, y la lista de los bares y coctelerías a la última. Sin que falten, por supuesto, las direcciones de los espacios donde se muestran las colecciones privadas de arte de las grandes fortunas locales: el Rosa de la Cruz Art Space, la Rubell Family Collection, la Fundación Cisneros, la colección de Craig Robins (ubicada en los HQ de su empresa, Dacra) y los fondos de fotografía de la familia Margulies.
Por cierto: el continuous mist spray se gasta enseguida, al igual que el agua. Así que toca visita rápida al Walgreens para reaprovisionarse.
Desde el Loews, y superando su piscina, se accede por una verja al beach sidewalk, un camino que bordea la larguísima playa de South Beach. Desde muy temprano, esta vereda es un desfile de cuerpos apolíneos, perfectamente esculpidos y bronceados, entregados al mens sana in corpore sano. La vigorexia es religión en Miami, y en South Beach adquiere rasgos casi patológicos. Pero desde luego, tan interesante como el paisanaje resulta el atractivo paisaje: de un lado, la arena y el mar; del otro, entre la calle 15 y South Point, las delirantes fachadas Art Déco de los hotelitos de Ocean Drive. Si en la década de los 20 y los 30 las artes decorativas inundaron Chicago y Nueva York con sus aristas de acero, aluminio y mármoles ricos, en la glamurosa South Beach los materiales baratos se cubrieron de colores pastel y neones imposibles. Y así, el viajero ve suceder ante sus atónitos ojos el colonial Betsy, el ampuloso Tides, el recoleto Commodore, el Caronzo, el Palace, el Colony, el Albion… Pero ya no existen los rich, famous and fabulous que hace casi un siglo recorrían Ocean Drive a bordo de relucientes coches conducidos por atildados chóferes, varados hoy en las aceras como reclamo turístico de un tiempo y espíritu que año tras año intenta recuperar el Art Déco Weekend. Siempre en enero, la Liga para la Conservación del Miami Déco vende glamour y estilo en un fin de semana donde se exaltan las nuevas formas de comunicación que en los 20 y los 30 permitieron llegar a mayores audiencias (las revistas, los programas nacionales de radio, los carteles, y por supuesto el auge del cine como medio de promoción), inundando el distrito de flecos, cintas de raso, vestidos Charleston y plumas de marabú.
En el 860 de Ocean Drive se erigía en tiempos el Waldorf, un coqueto hotel que en apenas un mes se convertirá en Room Mate, sumando uno más a los muchos establecimientos que el empresario Quique Sarasola explota por todo el mundo. Ya está abierta su terraza, el Primetime, donde Diego, un guapo y risueño argentino, nos invita a sentarnos para desayunar. Zumos de pomelo rosa, espresso doppio de Lavazza, huevos Benedict (pochados sobre beicon canadiense ahumado y English muffin tostado, todo ello cubierto de salsa holandesa), fritos para Oscar. Ya a estas horas (pasan apenas unos minutos de las diez de la mañana) Ocean Drive es todo un espectáculo: torsos desnudos tatuados, curvas de infarto, modelitos que harían enrojecer a la drag queen más atrevida y pechos siliconados (de aputarradas, como dirían mis amigos colombianos) mantienen al viajero boquiabierto. Y es que aquí, como en cualquier lugar de los Estados Unidos, no existe el sentido del ridículo: a más celulitis, más licra apretada; a mayor masa muscular, menos ropa que la cubra. Lo procaz no quita lo valiente.
Toca ya disfrutar de la playa, una de las más trendy del Atlántico. Y es que ni siquiera las arenas de Pensacola, Saratoga, Daytona, Fort Lauderdale, Palm Beach o Tampa pueden soñar con competir con los excesos de South Beach. Son kilómetros de arena blanca, finísima, asomada a un mar prístino y cálido, y salpicada de tumbonas, cabanas, toallas y sensación de frenesí. Aquí hay que ir de cabeza al sector de la calle 12, superando las coloridas torres de madera de los vigilantes de la paya, para encontrarse con una de las aglomeraciones gays más divertidas del planeta. Si uno quiere ver músculos de cuya existencia ni siquiera sospechaba, bañadores exiguos de estampados frívolos y locas cubanas exageradamente gesticulantes, todo ello aderezado con cientos de miradas que se cruzan en un totum revolutum de pecados capitales (lujuria, sí, pero sobre todo envidia), the beach at 12th street delivers it all.
Pasadas las tres de la tarde, cuando ya el calor no se soporta ni con el enésimo baño, toca regresar al Primetime para refrescarse South Beach style: con ciclópeos cócteles servidos en monumentales copones. Oscar se tira de cabeza al Bloody Mary, y yo a la margarita. Para comer, ensalada griega con queso feta y aceitunas de Kalamata, y unas alitas de pollo Firecracker. En la mesa contigua, un nutrido grupo de fornidos negros bebe dos coronitas volcadas sobre un cóctel gigantesco: con cada sorbo se vierte un poco de cerveza en el fondo. Todo aquí es pantagruélico (otro pecado capital inevitable en Miami: la gula).
Bajar la comida es fácil en South Beach: la compañía Decobike explota el negocio de las bicicletas de alquiler por horas. Treinta minutos cuestan apenas 4 dólares, pagaderos con tarjeta de crédito, y abundan los puntos drop on-drop off. Con sendos velocípedos subimos desde South Point Park hasta Lincoln Road, siguiendo la hilera de fachadas Art Déco “Streamline” más larga del mundo. Un historiado caramel frapuccino para Oscar y un espresso para mí en uno de los muchos Starbucks locales, y recorremos parcialmente la Lincoln antes de regresar a la playa.
En el 1100 de West Avenue se ubica el Mondrian. Inaugurado en 2008 y concebido por el diseñador Marcel Wanders como “el castillo de la Bella Durmiente”, es kitsch, desmesurado, grandilocuente, con sus lamparones de oropel y su vertiginosa escalera negra a lo Norma Desmond en Sunset Boulevard, y esconde uno de los restaurantes más famosos de la zona: el Asia de Cuba. Ya sólo el nombre es toda una declaración de intenciones, y uno, que ha viajado y mucho, conoce los restaurantes homónimos de Los Ángeles y Nueva York, ubicados en hoteles también homónimos, de cuando el magnate de la hotelería Ian Schrager inundó las grandes ciudades del mundo de templos del diseño donde había que dormir, comer y amar: el Paramount, el Sanderson, el Morgans, el Royalton, el St. Martin´s Lane, el Clift, el Hudson y los ubicuos Mondrian. Pero, ay, el tiempo es un espejo deformante incluso para el laureado restaurateur Jeffrey Chodorow, y los platos y servicio que hace apenas cuatro años lograban épater les bourgeois llegan hoy a la mesa en tropel, enfriándose y dejando al comensal a idéntica temperatura. Aunque el Asian mojito se deja beber, y la Hoegaarden que toma Oscar se ve deliciosamente turbia y rubicunda, los beef dumplings & spring roll, el lemongrass chicken, la ropa vieja de pato y los langostinos asiáticos chirrían en decepcionante cacofonía, donde yo recordaba sutil sinfonía de contrastes caribeño-orientales. Menos mal que las vistas sobre la ribera del downtown con sus rascacielos siguen siendo impagables desde este Asia de Cuba que sólo merece ser ya visitado para ver atardecer desde el Sunset Lounge, uno de los bares ribereños con más –y mejor- diseño de toda la ciudad, lugar to see and to be seen sosteniendo un straight up cocktail mientras se iluminan las torres del distrito financiero tras las estilizadas palmeras.
Por la calle 11, y superando las avenidas Jefferson y James, enseguida llegamos a Washington Avenue. En la esquina descubrimos el 11th Street Diner, una joya Art Déco tanto o más bonita que el mítico Empire Diner del neoyorquino barrio de Chelsea (que cerró inexplicablemente sus puertas el año pasado, esperemos que no para siempre), ubicado puerta con puerta con Twist, una de las discotecas gay más populares –y populosas- de South Beach. Washington Avenue arriba se suceden los estudios de tatuaje, las tiendas de ropa ligera con maniquíes de enormes pechos (lo nunca visto) y los negocios de telefonía móvil donde se venden fundas de brillante strass para Iphone y Blackberry. Aquí abundan la estética rapera y los comercios especializados en gear para moteros: son legión las Harley Davidson, en metalizada competencia con los cientos de ferraris, lamborghinis y mustangs que pueblan las calles de la otrora sofisticada Miami.
Una luna inmensa, preñadísima, riela sobre las olas atlánticas que lamen la orilla.