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El Blog de Mikel

7.enero´2007 : Es de noche a bordo de un Boeing 747 que acaba de abandonar la Costa Coromandel camino de Frankfurt. Acabamos de celebrar la Epifanía en Madrás, ¡y de qué manera!

La llegada al Taj Coromandel el 5 de enero puso nuestra paciencia a prueba. Habíamos abandonado Mahabalipuram completamente relajados, un atasco en un mercado local nos había permitido disfrutar durante unos minutos de inolvidables escenas (¿qué es lo mejor que puede pasarle a un comerciante en la India? un atasco a la puerta de su establecimiento: las bolsas de frutas y dulces vuelan hacia las ventanillas de los autobuses a cambio de unas cuántas rupias arrugadas) y nuestro querido chófer nos había enseñado un baniano-ficus gigante "santísimo": sus raíces devoran un mínimo templo, lo estrangulan, pero el santuario resiste y finalmente la planta cede. Baniano y capilla ya son uno. Y luego, Kanchipuram, la antigua Kanchi de los Pallavas: un regalo de fin de viaje.

Kanchipuram es una de las siete ciudades más sagradas de toda la India. “La de los mil templos”, dicen los lugareños. El viajero curioso abandona casi la ciudad para, en uno de sus barrios más míseros, lleno de sonrientes niños y niñas, descubrir el bellísimo Templo de Kailasanatha. Dedicado a Shiva, es uno de los primeros templos construidos por Rajasimha y su hijo Mahendra en el s.VII d.C. Alrededor del santuario principal se ubican 58 hornacinas que aún muestran delicados frescos sobre su fina arenisca. Maravilla imaginarse este mundo de anacoretas escondidos en exiguos cubículos –más bien alcobas- tras las hornacinas, apartados del mundanal ruido, en mística comunión con el Absoluto. Es el único templo de Kanchipuram no alterado por añadidos más recientes, de las épocas Chola y Vijayanagar. Y sus esculturas son inolvidables: ¡cómo no extasiarse ante un hermoso dios calipigio, cuyas bellas y moldeadas nalgas convierten en pío al más descreído!

Algunos años después, otro monarca Pallava, el rey Nandhivarman Pallavamalla, ordenó construir el Vaikunta Perumal, un santuario dedicado a Vishnú. Aunque sus relieves están muy dañados, pueden aún distinguirse las escenas de guerra entre los Pallavas y sus archienemigos: los Chalukyas y los Gangas. Son cuadros formidables repletos de inscripciones sánscritas en una galería porticada alrededor del Prakaram principal, especie de gran claustro de pilares en forma de león. El dios conservador, oculto en forma una y trina –sentado, erguido y reclinado- se muestra a nosotros, pobres infieles, gracias a la mediación de un barrigudo brahmán. A apenas unos metros, las albas cúpulas y mínimo alminar de una mezquita chií le dan al conjunto ese toque chirriante que todo lo impregna en la India del Sur.

Por mi y por mi querida Esther de Marco seguiríamos viendo templos toda la tarde. Severo, el chófer me conmina a terminar cuanto antes para llegar pronto al hotel. Pasan tan solo unos minutos de las cuatro de la tarde y Madrás está a 70 kilómetros, ¿a qué viene tanta prisa?. “En cuanto oscurezca los camiones podrán entrar en Chennai”, avisa. Los fines de semana los vehículos pesados tienen vetado el acceso a una de las metrópolis más pobladas del planeta, y descansan en larguísimas filas a orillas de la carretera, acechando. Pero no han hecho sino caer las luces del domingo y ya ronronean, braman, excitan sus motores para poner rumbo a la capital tamil.

Tres horas para hacer 70 kilómetros, y la carretera era una autopista: “todo europeo que llega a la India adquiere paciencia si no la tiene, y la pierde si la tiene”, ¿recuerdan?

Al menos, la llegada al Taj Coromandel nos hace revivir. El personal se desvive por nosotros, y la verdad es que a estas alturas del viaje nos apetece que nos mimen. Para festejar que hemos llegado a Madrás sin mayores contratiempos, decido que esta noche cenaremos en el maravilloso restaurante draviniano del Taj, y yo elijo el menú: curry de Madrás para el pescado, curry de Kerala para el marisco, curry de Mysore para las verduras. Mientras degustamos las pequeñas delicias que solícitos camareros van depositando en sofisticados platos, bandejas y cuenquitos, una bailarina mimetiza historias de amores y desengaños narradas por una cantante y amenizadas por la sincopada melodía de un santur. “¡Seguro que hoy podemos tomarnos un buen gin-tonic!”, pensamos. Pero el bar ha cerrado y no hay nada que hacer: el que no se conforme con una buena tertulia, a la cama.

Chennai –llamadla Madrás (Fernanda Enríquez de Salamanca me va a matar)- es una ciudad difícil. Inmensamente contaminada, caótica, esconde gigantescas playas que asoló el tsunami de finales del 2004, un fuerte británico ocupado por sedes gubernamentales, multitud de coloristas templos, alguna que otra mezquita chií y una fuerte presencia católica. No en vano custodia la tumba del “Apóstol de las Indias”, Santo Tomás. Doubting Thomas, “el de la Duda”, dicen aquí. Martirizado a golpes de jabalina, sus restos reposan bajo un feo edificio neogótico que los portugueses construyeron aquí a finales del XIX. Casualidades de la vida, llegamos a la Seo en el preciso instante en que comienza el funeral de “corpore insepulto” por el alma del Arzobispo de Madrás, recién fallecido. Requiescat in pace.

Por mucho que queramos, Madrás no da más de si de lo que da, y no es mucho. Maravillan, cómo no, las colecciones de bronces cholas que atesora la gran Galería Nacional, soberbiamente presentadas. En la planta baja trona un magnífico Nataraja, secundado por decenas de versiones del bailarín cósmico un piso más arriba. En la última planta, los avatares de Vishnú ofrecen al visitante un sensual recorrido lleno de sutil erotismo y rotunda expresión artística por los diseños en bronce. Sorprenden también en Madrás los ejercicios de forzado eclecticismo a que se vieron sometidos los arquitectos finiseculares a caballo entre el XIX y el XX. Un recargado gusto por todos los neo posibles, mezclado con influencias locales. Híbridos monumentales que, como hitos de modernidad (la Estación Central, Correos, las Universidades, las Bibliotecas…), pretendían hacer del Jewel of the Crown, “la Joya de la Corona”, una India a imagen y semejanza de Inglaterra.

La tarde, libre. Hay quien se lanza a comprar compulsivamente (toda una experiencia en Madrás), quien se relaja en el hotel, quien se da un masaje ayurvédico y quien se dedica a visitar librerías. Me apunto a lo último y regreso al hotel cargado de mapas, libros y catálogos, alguno de ellos magnífico, como el dedicado al análisis de las obras de Le Corbusier en Chandigarh. Pero se va haciendo tarde, y tenemos mesa reservada para nuestra cena de despedida, con “amigo invisible” -¡hoy es día de Reyes! y mucho champán incluido.

A bordo del Boeing 747, me vence el sueño.

Shiva como "Mendigo Embaucador", con sandalias, cabello suelto y acarreando sus escasas pertenencias en un hatillo, se nos muestra aquí como un asceta joven, adorado por las mujeres a las que ha seducido. Un marido desencantado levanta su amenazante puño en la esquina izquierda. La pose y lenguaje gestual de estas figuras (la flexión de la pierna izquierda de Shiva y sus pies con sandalias, su mano izquierda apuntando hacia arriba, la pose marcial del marido ultrajado y la genuflexión extasiada de las seducidas) añaden una arrebatadora fuerza vital a esta composición (Templo Kailasanatha, Kanchipuram). Un Shiva calipigio, de bellas nalgas...

Vaikunta Perumal, un santuario dedicado a Vishnú en la antigua Kanchi

Madrás, la actual Chennai, es una de las ciudades más pobladas del mundo

Todo acaba para volver a renacer

6.enero´2007 : El pasado 4 de enero fue un día extraño. Nos despertamos en Pondicherry, un pedacito de Francia en plena Bahía de Bengala; almorzamos en Auroville, la utópica ciudad-ideal de los "aurobindos"; las primeras horas de la tarde nos sorprendieron en Gingee, el fabuloso fuerte de los emperadores Vijayanagar; y las de la noche, en Tiruvannamalai, extasiados frente a un grupo de frenéticos y sudorosos brahmanes rindiendo culto al fuego. Debían ser las diez y pico de la noche cuando llegábamos al espectacular GRT Temple Bay de Mahabalipuram.

Despertarse junto al mar siempre tiene algo de especial, y si es frente la playa sobre la que trona el mítico Templo de la Ribera, más todavía. Alborea cuando asomo la cabeza por la ventana y veo cómo se recorta en contraluz el que otros llaman Templo de la Orilla, o del Grao, mientras Rosa Monsalve y sus dos hijas -Rosa y Alejandra- salen del agua, como apsaras aturdidas por la agitación del Océano de Leche.

En Mahabalipuram todo está a tiro de piedra. Nos interesan los grandes monumentos Pallavas, aquellos que fascinaron a sus antagonistas, los Chalukyas, provocando una revolución en la historia del arte y la arquitectura en las postrimerías del s.VII y todo el s.VIII de nuestra era. Mahabalipuram y Kanchipuram son al arte Pallava lo que Aihole, Badami y Pattadakal al arte Chalukya. La única -y trascendental- diferencia es que los monarcas locales decidieron patrocinar una línea de investigación original: ¿para qué cantear la piedra, si era más fácil desbastar la roca viva? Al fin y al cabo, Mahabalipuram no es sino un gigantesco campo de experimentación, una gran escuela de arquitectos. Había que crear un estilo oficial ensayando, investigando, desechando ideas fallidas.

Como en Badami, un primer intento hizo surgir cuevas-mandapa. La Krishna Mandapa es un ejemplo perfecto, aunque la sala hipóstila ya es Vijayanagar, muy posterior. El viajero prefiere imaginar esa inmensa pared rocosa despejada de columnas, y al artista pallava dibujando los motivos a tallar siguiendo las vetas naturales de la roca. Por tratarse de una superficie triangular, de afilados vértices, es inevitable la comparación con la decoración escultórica del Partenón. Si en Atenas encontramos una combinación única de las metopas (esculpidas en altorrelieve extendiéndose por los cuatro lados externos del templo), los tímpanos (rellenando los espacios triangulares de cada frontón) y un friso jónico (esculpido en bajorrelieve abarcando el perímetro exterior de la cella), en la Krishna Mandapa nos maravillamos observando el mismo recurso para solucionar el problema de los espacios triangulares. Las famosas testas equinas del Partenón se transforman en leones, y a partir de ellos se desarrollan las múltiples escenas ligadas al más famoso de los avatares de Vishnú, el bello pastor Krishna, el de la dulce flauta. Llamo la atención del grupo sobre la más hermosa y equilibrada de las figuras, un estupendo Krishna Govardhana. Con su brazo izquierdo el dios sostiene sobre su cabeza el monte Govardhana, convertido en gigantesco paraguas para sus devotos, en un mundo asolado por lluvias torrenciales y tremendas inundaciones. De alguna forma, Krishna Govardhana es el salvador de la humanidad.

Cerca, a apenas unos pasos, asoman las fantásticas figuras que pueblan "La Penitencia de Árjuna", conocida en todo el mundo como "El Descenso del Ganges". Una herida vertical en la piedra, semejante a una falla, debía permitir recrear una sorprendente escenografía: un simbólico Gantes descendiendo sobre reptantes imágenes de Nagas, mezcladas con otras de la diosa Ganga. Y a ambos lados, una de las escenas más famosas del Mahabhárata: la penitencia de Árjuna, convertido en asceta para ganarse el favor de Shiva. No en vano hacía un par de días que había leído el capítulo-episodio al grupo, tal y como lo narra Samhita Arni en El Mahabhárata contado por una niña.

“Después de varios días de trayecto, Árjuna llegó a la cima de la gran montaña. La encontró más serena y hermosa que Dvaitavana. Árjuna construyó con arcilla un linga de Shiva y rezó ante él. Ayunaba, comiendo únicamente las bayas y hojas que caían de los árboles, y bebiendo el agua fría del río que pasaba cerca de allí.
Después de varios meses de ayuno y oración, Árjuna vio interrumpida su penitencia por un jabalí que arremetió contra él. Irritado por este contratiempo, disparó una flecha al jabalí. Pero tan pronto como soltó la cuerda de su arco, descubrió que otra flecha se había clavado en el jabalí al mismo tiempo que la suya.
Al volverse, vio a un cazador sonriente y a su mujer rogándole que retirara su saeta. El cazador explicó que llevaba tiempo persiguiendo al jabalí.
Árjuna se negó con insolencia, y el cazador lo retó a duelo. Árjuna aceptó, pensando que tener al cazador a su merced sería sólo cuestión de tiempo. Pero descubrió que se había equivocado. En pocos minutos, Árjuna estaba a merced del cazador. Aun así, seguía luchando, sin querer rendirse. Rezó a Shiva, que no pareció serle de ninguna ayuda.
En un acto desesperado, Árjuna lanzó una guirnalda de flores hecha a toda prisa alrededor del linga y se volvió a enfrentar al cazador con renovada fuerza. Pero he aquí que la guirnalda que había lanzado al linga apareció alrededor del cuello del cazador.
Viendo que el cazador no era otro que Shiva, Árjuna suplicó que lo perdonara. Shiva sonrió y dijo: “Árjuna, tu penitencia me ha complacido. Te estaba probando para ver si eras digno de la pasupata. Has demostrado que tienes suficiente capacidad para poseerla. Por ello te concedo mi astra sagrada, la temible pasupata”.
Al desaparecer Shiva, los dioses de Indraloka aparecieron y dieron a Árjuna sus diferentes astras. Después de recibir las armas celestiales, Árjuna fue a Indraloka, donde moraba su padre Indra.
Allí pasó cinco años. Durante ese tiempo, Urvashi, la ninfa celestial, lo maldijo condenandolo a ser eunuco por espacio de un año. Lejos de sentirse desgraciado, Árjuna logró así el disfraz que tanto necesitaba para el decimotercer año. Para completarlo, su amigo el gandharva Chitrasena le enseñó a danzar. Por fin regresó a Indraloka, donde los Pándava lo estaban esperando”.

Múltiples líneas de simetría llevan al espectador de un lado al otro del relieve, zigzagueando enloquecidamente al describir la penitencia de Árjuna. El héroe y el dios aparecen rodeados de animales, cuando no imitados por ellos: un burlón gato rodeado de ratones invoca al sol a la pata coja, al igual que el emaciado y ascético Árjuna; una familia de elefantes protege a su camada mientras acuden en procesión a abrevar al Ganges. La formidable roca, un mundo mineral, se convierte en natural cuando surgen sobre su superficie decenas de personajes que convergen en una vertical inexistente, la presencia espiritual del río sagrado, la grieta. Ajeno a la monumental, épica escena, un mono pétreo despioja a un congénere.

Como me señala Javier Climent, en su fundamental “Arquitectura Universal: India” Andreas Volwahsen reflexiona sobre los órigenes del estilo drávida primitivo:

“Al cruzar la región de Vijayanagar, en la India meridional, no se puede evitar preguntarse si los templos drávidas no se inspiraron en modelos naturales. Este país, donde se fundó en el siglo XIV un poderoso reino hindú, está sembrado de enormes bloques de escombros, que forman a veces torres que se diría formadas por los espíritus. La base de estas pirámides naturales mide varios metros de diámetro. La cúspide todavía se considera residencia de los dioses; cuando sus dimensiones se prestaban a ello, el pueblo edificó en ella un pequeño santuario. Esta decoración se repite durante muchos kilómetros, en los que las torres de los templos cierran el horizonte con sus cúpulas blancas y encarnadas. En la acumulación de estos bloques redondeados, los indígenas veían la representación de mundos celestiales. No debe sorprender que los arquitectos hayan recurrido al mismo símbolo. Superpusieron picos, que se componían de edificios en miniatura, cuyas tres dimensiones se reducen hasta la cumbre de la pirámide”.

Es clarificador tener esto presente al visitar Badami, Hampi, Gingee y por supuesto Mahabalipuram. Los Pallava vieron en estos inmensos bloques de granito a orillas del mar un gigantesco taller experimental, y consideraron que el sistema de los Chalukya –tallar y transportar la piedra- implicaba demasiado esfuerzo para tratarse de meras maquetas. Los magníficos rathas de Mahabalipuram, inacabados, brindan al viajero la oportunidad de descubrir “una etapa decisiva en la arquitectura, que determinó para los siglos futuros la forma monumental de los templos drávidas” (op.cit.): la similitud del Draupadi-ratha con un santuario móvil de madera; el radical aspecto budista del Sahadeva-ratha; la insoportable bóveda de cañón del monolítico Bhima-ratha; y, por fin, el modelo que “logró, por fin, unir las exigencias estructurales, formales, cosmológicas y rituales”: el Dharmaraja-ratha.

Simples, grandiosas maquetas cuya consecuencia es el bellísimo Templo de la Ribera: ¿qué puede decirse de un monumento que ha soportado mil doscientos monzones, un tsunami y los embates y embistes de las aguas turbulentas de la Bahía de Bengala? Que es un auténtico milagro que sobreviva en las condiciones en que lo ha hecho, sirviendo de faro a los marineros y de guía espiritual a los devotos.

Nos merecemos en este punto un descanso en las instalaciones del hotel. Hay quien corre a bañarse en la playa, quien se asoma a la piscina, quien saborea una cerveza helada en el restaurante… Aún nos quedan los templos de Kanchipuram –no están en programa, pero es un buen remate y la conclusión lógica al “curso” de arte y arquitectura Pallava en que nos hemos sumergido hoy- antes de poner rumbo a Chennai.

¡La mítica Madrás!

El monumental “Descenso del Ganges”, una de las joyas del arte Pallava

Músculos y piel morena: pescadores en Mamallapuram (antigua Mahabalipuram)

Los famosos “rathas” de Mahabalipuram, auténticas maquetas monolíticas

Otra imagen de los “rathas”, uno de los campos de experimentación arquitectónica más fascinantes del mundo

El Templo de la Ribera, culminación del arte Pallava, de día…

…y de noche

5.enero´2007 : Visitar el Fuerte de Gingee después de Auroville ofrece al viajero el verdadero sentido de los contrastes de la India: pasado-futuro, historia-utopía. El último gran imperio del Sur, el de Vijayanagar, cuyos príncipes hindúes coaligados temían la invasión de los musulmanes de la Confederación del Deccan, proyectó Gingee como un alarde de arquitectura militar sin precedentes. Eligieron un paraje del todo similar a Hampi, su capital: amontonamientos rocosos de fabulosas dimensiones, que sólo los dioses podían haber apilado. Sobre las cimas más inaccesibles, tres ciudadelas unidas por potentes lienzos de muralla. El resultado es un fuerte triangular de sorprendentes dimensiones, toda una ciudad fortificada que contiene mezquitas, templos, graneros, establos, cisternas y estructuras habitacionales sobre las que gobierna una vegetación lujuriante plagada de macacos. Hoy también se celebra una fiesta dedicada a Shiva, y decenas de peregrinos vestidos con saris y longhis bermellón salpican de rojo la esplanada de Gingee, se encaraman a las rocas y se acercan a nosotros, curiosos por saber si somos americanos. En la India del Sur, todos los extranjeros son, por antonomasia, yanquis. Aclarado el entuerto y enfatizada la españolidad, el indio se aleja moviendo la cabeza mientras piensa: "¡qué raros son estos americanos!".

La mejor forma de disfrutar de la majestuosidad del Fuerte de Gingee es iniciar el ascenso hacia cualquiera de sus tres ciudadelas. Las vistas son espectaculares.

Tiruvannamalai está a tiro de piedra de Gingee. Decenas de miles de peregrinos vestidos de rojo pululan hoy en torno al templo Arunachaleshvara. Toma su nombre del monte Arunachala, un volcán extinto en el origen de la maravillosa historia que se desarrolló en este lugar y motivó la construcción del templo.

Hace mucho, cuando el tiempo no existía, los dioses de la Trimurti se reunieron al pie del monte Arunachala y discutieron sobre quién era el más poderoso de los tres. Brahma reivindicó su calidad de divinidad creadora y Vishnú su poder preservador. Shiva, el creador-destructor, invocó al dios del fuego Agni que se manifestó sobre la cima del volcán en forma de infinita columna de fuego. Y habló Shiva: "Esta columna ígnea es mi lingam, mi falo, símbolo de un poder sin principio ni fin. Si Brahma es capaz de ver dónde nace y Vishnú dónde muere, hincaré mis rodillas ante ambos en señal de sumisión y reconoceré que son más poderosos que yo". Las cinco cabezas de Brahma estallaron en una sonora carcajada, y el dios penetró en el cráter del Arunachala a lomos de su vehículo, el cisne, buscando el origen del lingam. El sensual Vishnú espoleó al águila Garuda y cabalgó los cielos guiado por la columna de fuego, hacia su fin. Y Shiva esperó. Pasaron quizás miles de años, pero como el tiempo aún no era, el dios no desesperó. Un formidable aleteo celeste anunció el regreso de Vishnú. Cariacontecido, el Preservador reconoció haber sido incapaz de encontrar el fin del lingam de fuego. "Sin duda eres el más poderoso de los tres", sentenció humillando su cabeza. Apenas un instante después -¿o quizás pasaron diez mil años?- el cisne de Brahma asomó su largo cuello y el Creador, socarrón, tronó: "He visto el lugar donde nace el lingam. Tu poder no es infinito". Cuentan los más viejos, los sabios y los locos que el grito que profirió Shiva marcó el inicio de los Tiempos: "¡Mentiroso! El lingam no tiene Principio ni Fin. Has preferido el engaño a reconocer la magnitud inabarcable de mi poder. Desde este mismo instante serás el más impopular de los dioses, y los hombres se negarán a construir templos para adorarte". Acto seguido, blandiendo su tridente rebanó la quinta cabeza de Brahma, entre los enloquecidos aullidos del dios y el asombrado terror de Vishnú y toda la asamblea de divinidades celestiales. Esta es la razón por la cual las escasas representaciones de Brahma que pueden disfrutarse en la India cuentan con cuatro cabezas orientadas a los puntos cardinales, y no cinco. Tan sólo existe un templo en todo el país dedicado al Creador, en Pushkar. Y nadie se fía, aún hoy, de un dios mentiroso.

Una vez al año, millones de peregrinos acuden a Tiruvannamalai para recrear uno de los ritos de fuego más antiguos del mundo. Circunvalando la base del volcán, suben hasta su cráter-cima toneladas de mantequilla que queman durante noches enteras, recreando esa erupción mítica que formó el infinito lingam de fuego de nuestra historia. Hoy se celebra una gran fiesta shivaica, y la afluencia de peregrinos es tal que temo no poder acceder a la mandapa principal para presenciar la "pooja", el ritual que seis veces al día purifica la morada simbólica del dios. Sin embargo, una rápida negociación con un brahman termina inclinando la balanza a nuestro favor. Ya saben: el lenguaje del beso y el del dólar son universales...

Guiados por el santo varón penetramos en el templo. Son ya multitud los devotos que se arraciman frente a la capilla, y es imposible ver nada. Impasible, el brahman da cuatro órdenes... ¡y nos franquean el paso hasta el interior del sancta-sanctorum! Apenas si cabemos en el claustrofóbico cubículo, sentados a la vera de una familia con niños y de un anciano matrimonio de fieles. Como todo en la India, la situación es caótica, pero funciona: los brahmanes saltan por encima de nuestras cabezas acarreando cuencos, bandejas, platillos y objetos indeterminados; el más anciano de los presentes se arranca por canciones sacras cuyos melismas recuerdan los quejíos flamencos; los niños de la familia juegan, ajenos a la trascendencia de lo que allí está a punto de suceder; y veintidós españoles alucinan cuando, a las seis en punto, el estruendo de un tambor y una trompeta de caña anuncia el inicio de la "pooja". Su nombre: Arati. Su simbología: el tránsito de la Oscuridad a la Luz, de la Ignorancia al Conocimiento, del Pecado a la Salvación.

Tengo que describir aquí el Arati que vivimos como quien narra un sueño. O una pesadilla. Algo maravilloso y terrible, sublime e infame, grandioso y miserable. Todo en uno, casi como la dualidad Creador-Destructor del dios que gobernó la "pooja", el infinito Shiva. Descorrida la cortina al son de trompetas y tambores descubrimos el lingam, sorprendentemente pequeño si lo comparamos con el desmesuradamente grandioso del templo Brihadeshwara en Tanjore, cuya "pooja" también disfrutamos. Semidesnudos y sudorosos, transidos pero sincronizados, dos brahmanes se turnan bañando el falo divino: mantequilla, leche, suero, agua, azafrán... De cada líquido se recoge lo que se puede en recipientes de fortuna: por cada gota, un fiel dejará decenas de rupias, y agradecido. El resto se evacuará por la ranura del yoni, el símbolo uterino sobre el que reposa el lingam y que hace las veces de sumidero. La cortina vuelve a correrse.

El anciano no para de cantar mientras se desarrolla el ritual. Su mujer murmura las estrofas que silabea, musicándolas, su marido. El calor comienza a ser agobiante cuando se inicia el frenético segundo acto: la "pooja" de fuego, uno de los ritos más arcaicos del mundo relacionados con el mágico elemento. Utilizando aceite de coco y mechas, uno de los brahmanes inunda de llamas el sancta-sanctorum. Blandiendo un candelabro-antorcha, otro de los sacerdotes nos ordena apagar el único y cochambroso ventilador que prevenía una lipotimia en cadena. Sobre nuestras cabezas comienza a flotar una nube de humo que surge de detrás de la cortina. Entra en escena un cuarto brahman, y arriba el telón: el lingam, cubierto de oro y flores, con las tres líneas blancas y el rojo bindi pintados sobre su prepucio, parece flotar en un círculo de humo y fuego. Los brahmanes ordenan al anciano cantante que se calle mientras entonan poderosos mantras y presentan al dios sus armas, dorados objetos que cambian de manos siguiendo un complejo rito, cuya fuerte carga simbólica lo inunda todo. Se derrama el aceite, se alumbran más mechas, se acelera el ritmo de la acción. Trance. Éxtasis.

El tercer acto de la "pooja", que marca su conclusión, permite a los fieles y a veintidós (o menos, porque algunos han abandonado el irrespirable y sofocante ambiente) españoles ser bendecidos y tocar con sus manos la bandeja de fuego y flores que servirá de vehículo a nuestras plegarias cuando sea presentada al lingam. El ritmo es ahora pausado, después el frenesí previo, y se acerca el momento en que el tropel de devotos que no han tenido el privilegio de disfrutar de nuestra posición urgirá al conjunto de brahmanes a que los bendigan también. En medio de un silencio autómata nos erguimos y abandonamos la exigua celda. Han sido cuarenta y cinco minutos inolvidables.

Bajo la gopura principal, una indigente custodia nuestros zapatos. Siempre que viajo a la India exijo a los guías locales que en la medida de lo posible "contraten" a pedigüeños para una labor que hacen encantados, sintiéndose útiles. Seguro que Shiva, el dios dicotómico, nos está sonriendo en estos mismos instantes.

El Fuerte de Gingee, una de las estructuras militares más fascinantes de la India

El "Arati" de Tiruvannamalai, uno de los ritos de fuego más antiguos del mundo

4.enero´2007 : ¡Por fin un hotel como Dios manda! El novísimo The Promenade, ubicado en pleno paseo marítimo de la afrancesada Pondicherry, es un pequeño oasis de lujo a orillas de la Bahía de Bengala. Deliciosa cena, brevísimo paseo frente al mar... Ya nos lo íbamos mereciendo.

"Marie-Pierre Parisot, négociant, né à Auxerre le 19 octobre 1761, décédé à Pondi le 13 février 1850"; "Jeanne Dubuc, morte le 12 février 1812, âgée de 36 ans"... Las tumbas del viejo cementerio francés de Pondichérry, abandonadas desde hace tiempo, son el decorado ideal para recordar el pasado colonial de la ciudad. En 1673 Francia compraba este pueblecito costero al sultán de Bijapur. Con el paso del tiempo, la ciudad prosperaría convirtiéndose en un importante centro comercial. Destruida por los ingleses en 1761, Pondicherry sería retomada por los franceses dos años más tarde y no la abandonarían hasta 1954, cuando fue devuelta a la India. Desde entonces, Pondicherry es un territorio independiente de la Unión India, y no forma parte del Estado de Tamil Nadu.

Hoy, como en aquel entonces, siguen existiendo dos "Pondi": el del Barrio Francés, con sus calles Romain Rolland o Saint-Louis, su liceo francés, su iglesia de Notre-Dame-des-Anges y sus policías con kepis rojo. Una hermosísima y colonial "Ciudad Blanca". Y muy cerca la "ciudad negra", como la llamaban los colonos, al otro lado del canal, con sus olores, sus ruidos... y su fascinante mercado central entre Ghandi Road y Bharati Street. En la place du Gouvernement todavía es relativamente fácil detenerse a hablar en francés con ancianos indios, y frente al mar aún se eleva la estatua de Dupleix, el gobernador francés de la ciudad a principios del XVIII. Bellísimas residencias coloniales, como Saint-Joseph-de Cluny, se resisten a caer en el olvido.

Y luego están Sri Aurobindo y la "Madre".

Hoy no he podido acompañar al grupo en su paseo matutino por la bella "Pondi", y dos horas después de despedirme de ellos regresan al hotel bastante desconcertados. Me da la impresion de que Bhawi y la guía local han intentado explicarles qué es y qué significa el Ashram de Sri Aurobindo, que acaban de visitar, y les han vuelto locos. Por ello, en dos minutos decido que a pesar de no estar en programa voy a llevarles a Auroville, y de paso aprovecharé para sintetizar la historia e ideario del movimiento, una de las utopías más controvertidas del siglo XX.

Sri Aurobindo nació un 15 de agosto de 1872 en Calcuta, y con 7 años fue enviado a estudiar a St. Paul´s (Londres) y el King´s College (Cambridge). Llegó a hablar perfectamente griego, latín, francés e inglés, además de dominar los rudimentos del alemán, el italiano y el castellano. Apenas regresado a la India, con 21 años, se vuelca en el estudio de la cultura local, afincado en Baroda como funcionario del sistema administrativo y educativo del Gaekwad. Su actividad cultural y literaria tomará pronto tintes políticos muy activos, involucrándose en la lucha de su país por alcanzar la libertad como líder del partido nacionalista e incendiario articulista. Para el Virrey de la India era "el hombre más peligroso con el que tenemos que lidiar", mientras que sus admiradores lo calificaban como "el poeta del patriotismo, el profeta del nacionalismo y el amante de la Humanidad". Los británicos lo encarcelaron entre 1908 y 1909, y es en prisión donde comienzan sus visiones místicas: "el único resultado de la ira inglesa es que he encontrado a Dios". Se retira a Pondicherry, abandona toda actividad política para concentrarse en su misión espiritual y en 1920 aparece en escena su colaboradora, la "Madre"; ambos fundarán el Ashram de Sri Aurobindo como lugar de trabajo para la transformación y perfeccionamiento de la vida, en vez de su rechazo. Para Sri Aurobindo, la vida es Yoga, al ser humano de espera un gran destino, y a través de las aspiraciones conscientes puede convertirse en un ser superior y abrirse a un nuevo estado de cognición que él llamaba "Supramental". Los últimos 40 años de su vida en Pondicherry (moriría en 1950) los dedicaría a la realización de su visión e una vida divina sobre la Tierra. Reveló su nuevo mensaje para la Humanidad y su "glorioso futuro" principalmente a través de sus escritos, y sus adeptos no dudan en calificarlo como ensayista, escritor, poeta, crítico literario, filósofo, pensador social, revolucionario, patriota, visionario... y yogi. Si no fuese por esto último, ¡todo un humanista!

"Yo pertenezco no a una nación, ni a una civilización, ni a una sociedad, ni a una raza, sino al Divino. No obedezco a ningún maestro, ninguna regla, ninguna ley, ninguna convención social, sino al Divino. A Él he sometido todo, voluntad, vida y alma; por Él estoy dispuesta a dar mi sangre, gota a gota, si ese fuera Su deseo, con completa alegría, y nada a Su servicio puede ser sacrifio, porque todo es perfecta delicia." - La Madre

Llamada Mirra Alfassa, la Madre nació en París en 1878. Era hija de Maurice Alfassa, un banquero de Adrianópolis, y de Mathilde Ismaloun, alejandrina. La familia emigró en 1877 de Egipto a Francia, y educarían a la pequeña Mirra en casa hasta que, demostrando cualidades para el dibujo y la pintura, comenzase a estudiar en el Salón de París. Sobre su vida espiritual, la Madre escribiría: "Entre los 11 y los 13 una serie de experiencias psíquicas y espirituales me revelaron no sólo la existencia de Dios, sino las posibilidades del hombre de unirse con Él, de realizarse en Él íntegramente en conciencia y acción, de manifestarse en Él sobre la Tierra con una vida divina". Con 20 años viaja a Tlemcen (Argelia) para estudiar ocultismo, y dos años después funda en París su primer grupo de "buscadores espirituales". A los 36 viaja a Pondicherry para conocer a Sri Aurobindo, y la fascinación es instantánea. La Primera Guerra Mundial obliga a Mme. Alfassa a regresar a Francia, luego emigrará a Japón, y finalmente en 1920 regresa a Pondicherry para permanecer junto a Sri Aurobindo como discípula y, más tarde, dirigente del Ashram y Presidenta del movimiento místico. Murió en 1973 a la edad de 95 años en Pondicherry.

Hoy, la organización mundial que lleva el nombre de Sri Aurobindo es una entidad sin ánimo de lucro reconocida por la UNESCO y apoyada por el Gobierno de la India. Su objetivo es "la aplicación dinámica de la espiritualidad a la vida a través de un cambio de conciencia, individual y colectivamente, trabajando hacia la perfección individual, la transformación social y la unidad humana basadas en cimientos espirituales". Para comprender mejor sus objetivos, hay que visitar el Ashram de Pondicherry y, por supuesto, "la Ciudad de la Aurora": Auroville. La Madre solía decir: "Auroville, la ville dont la terre a besoin" (Auroville, la ciudad que la Tierra precisa).

Explicar una utopía es difícil. Y después de contar al grupo las historias de Sri Aurobindo, de la Madre y del movimiento Ashram el escepticismo es tan grande, que lo de Auroville puede sonar a chiste. Y sin embargo, se trata de una de las utopías más serias del s.XX, volcada en conseguir "el advenimiento de una harmonía universal progresiva". Auroville trata de plasmar físicamente este ideal. Cuando presentó el proyecto a finales de la década de los 60, La Madre declaró: "Auroville quiere ser una ciudad universal donde hombres y mujeres de todos los países sean capaces de vivir en paz y harmonía progresiva, por encima de cualquier credo, cualquier sentimiento político o nacional. El objetivo de Auroville es realizar la unidad humana, y propone conseguirlo de forma diversa, y no uniforme. Juntará a los que creen en la harmonía universal progresiva y quieren trabajar para conseguirla. De hecho, la primera condición para vivir en Auroville es el convencimiento en la unidad esencial del ser humano y la voluntad para colaborar en la realización material de dicha unidad". El proyecto contempla 50.000 residentes en la ciudad principal, 20.000 en los pueblos-modelo del cinturón verde, y 30.000 más en proyectos subsidiarios como un World Trade Center, etc. Un equipo de arquitectos e ingenieros de diversos países -voluntarios sin sueldo- dirigidos por Roger Anger se encarga de su realización en cuatro zonas distintas: residencial, cultural, internacional e industrial. Cada residente será libre de elegir el trabajo que quiere desarrollar, según sus aptitudes o su voluntad para aprender.

Al llegar a Auroville, los viajeros son conducidos hasta una pequeña sala donde trona la maqueta del Matri Mandir, el alucinante centro de meditación que ocupa el epicentro de la ciudad utópica, junto con toda una serie de complejas explicaciones sobre códigos de color, formas, etc. Aún falta digerir un vídeo sobre los objetivos de la ciudad ideal antes de obtener un salvoconducto para acercarse hasta la única gran estructura construida. Varios controles de seguridad, establecidos en un frondoso bosque-parque, jalonan el paseo de 15 minutos que conduce hasta el Matri Mandir. Se nota que a los habitantes de Auroville no les gustan los visitantes: todo está preparado para que apenas puedan permanecerse unos instantes frente a la estructura, una especie de dorado platillo volante posado sobre una estructura de gigantescos pétalos.

Creo sinceramente que visitar Auroville es toda una experiencia. Muchos han criticado que de los 1.500 habitantes con que cuenta actualmente, dos tercios son extranjeros y no realizan trabajos "sucios", y un tercio son tamiles relegados a tareas de limpieza, labor agrícola, construcción, etc. Cuentan con magníficos servicios, estupendas tiendas, galerías de arte, frondosos jardines...

Una utopía en vías de materialización.

Ponemos rumbo a Gingee y Tiruvannamalai. Pero esa ya es otra historia.

Pondicherry, la "Ciudad Blanca" de los franceses

El Matri Mandir, corazón de la ciudad ideal de Auroville

3.enero´2007 : En 1987, la UNESCO protegió como Patrimonio Mundial el maravilloso templo Brihadeshwara de Tanjore, y en 2004 decidió ampliar la nominación a dos nuevos templos chola: el de Darasuram y el de Gangaikondacholapuram. Hoy hemos dedicado la mañana a visitar el primero, en el día en que se celebra la gran festividad de Shiva-Nataraja, el bailarín cósmico. Suenan tambores y trompetas de caña: el gigantesco lingam del dios va a ser bañado siguiendo una "pooja" ritual milenaria. Subidos sobre una altísima plataforma, los brahmanes se turnan descargando sobre el falo de Shiva cántaros de leche, azafrán, miel, mantequilla y agua, antes de "vestirlo" con guirnaldas de flores y una enorme máscara dorada antropomorfa. Cientos de fieles y veintidós españoles han presenciado la ancestral coreografía, arrastrados por la potencia de las imágenes y del sonido del líquido derramándose sobre el "axis mundi", el eje del mundo, la columna de fuego: el lingam. Los reyes del Imperio Chola, cuyos dominios se extendían por todo el sur de la India y las islas vecinas, quisieron que el Brihadeshwara fuese un tour-de-force, lo más grande jamás visto, la maravilla arquitectónica y escultórica, cubierta de pinturas y bronces sin parangón. El viajero avanza de gopura en gopura, se detiene frente al elefante del templo esperando su bendición, asciende al nandi-mandapa y se recuesta en el lomo del vehículo de Shiva mientas la mirada asciende a la cumbre de la torre-vimana, hueca y tremenda, altísima. Un cónico vacío sobre la morada del dios.

No podemos abandonar la ciudad sin visitar una de las mejores colecciones de bronces Chola del mundo. Alojadas en dos salas del palacio del rajá de Tanjore, y cotejadas con bellísimos ejemplos de la dinastía Pallava, representan sensuales figuras de dioses y sus avatares. En los siglos XI y XII el arte chola en bronce alcanzó un nivel de maestría sin igual en la técnica de la cera perdida. Dos sagradas familias –Shiva/Parvati y Vishnú/Lakhsmi- acaparan el protagonismo, sin olvidar una fabulosa colección de Natarajas: resulta particularmente emocionante disfrutarlas en la onomástica del dios.

Se dice que el arte indio habla el lenguaje de los dioses, y el Nataraja expresa como ninguna otra divinidad esta realidad. Profundamente enraizado en el corazón de la filosofía india, el Nataraja representa al dios Shiva, el que crea y destruye, bajo los rasgos de un bailarín cósmico. Cada detalle de la figura de bronce, ya sea en su postura o atributos, explota un fragmento profundo del pensamiento indio: la vida está hecha de cinco elementos, el combate contra el mal exige un esfuerzo continuo, la vida es rítima y cíclica, y en su centro hay un dios danzante que representa la beatitud. Shiva crea la vida bailando, y la destruye para recrearla sin fin en los ciclos infinitos de un Universo eternamente cambiante. El bailarín cósmico es el símbolo de la unidad de las artes, de su relación directa con la espiritualidad, y en el mismo sentido, de la realización suprema que procura su práctica.

Camino de Kumbakonam se suceden los pueblos con tejado de palma de coco trenzada, por los que desfilan humildes carros procesionales que pasean las imágenes sacras de Shiva. En Kumbakonam nos detenemos cerca de la gigantesca alberca donde, año tras año, cientos de miles de devotos se bañan creyendo que por ello serán inmortales. Los hindúes creen a pies juntillas que una kumba (cántara) de amrita, la ambrosía de la inmortalidad que dioses y demonios extrajeron batiendo el Océano de Leche, fue arrastrada por un diluvio desde el Monte Meru, en los Himalayas, hasta aquí. Shiva disparó una flecha que rompió el recipiente, y con sus restos modeló el lingam que se venera en el templo Kumbareshwara. ¿Y el elixir? Se fundió con las aguas de los ríos Kaveri y Arasalar, que enmarcan la ciudad y alimentan sus santas cisternas. De ahí el frenesí que inunda la ciudad cuando los peregrinos acuden en tropel a la más grande de todas, llamada Mahamakham.

De todos los templos de esta pequeña ciudad, el más exquisito es el Nageshwara Swami Shiva. Sólo el cuerpo principal resulta de interés, porque custodia magníficas esculturas chola y porque está alejado de todas las rutas turísticas. Aprovechamos para aprender uno de los mantras shivaicos más populares y relajantes: “Ohm Namah Shivaya, Ohm Namah Shivaya”. Frente al edículo donde mora el dios Ganesha, uno de los hijos de Shiva, nos golpeamos las sienes con los nudillos para que el divino dios-elefante nos preserve la inteligencia, y posteriormente nos sujetamos las orejas con los brazos cruzados mientras genuflexionamos recitando el mantra.

Tras visitar un taller de bronces en Swamimalai y almorzar en el precioso Paradise Resort del pueblo de Ammanpet, ponemos rumbo a Darasuram. El complejo del templo Airavatesvara, contruido por Rajaraja II, cuenta con una torre-vimana de 24 m y una gran imagen pétrea de Shiva. Igualmente imponente es el templo de Gangaikondacholapuram, que el monarca Rajendra I completó en los primeros años del s.XI, dotándolo de una vimana de 53 m. Ambos sólo se comprenden vinculándolos al de Tanjore, como ejemplo perfecto de la maestría arquitectónico-escultórica de los Chola.

Comienza a caer el día cuando llegamos a Chidambaram, en cuyo templo se custodia la única forma de Shiva distinta a un lingam. Se trata, claro está, del magnífico Nataraja, el bailarín cósmico. La afluencia de fieles al santuario es enorme, ya que precisamente hoy se celebra la fiesta de Shiva-Nataraja. La mítica imagen, reproducida hasta el infinito, aparece completamente cubierta de flores, lo que hace imposible distinguir sus finos rasgos. Cuando se persigue a los dioses –nuestro viaje se planteó como un encuentro con el bailarín cósmico- suelen volverse escurridizos. Espíritus burlones.

El templo Brihadeshwara, en Tanjore. Foto: Pedro Lavado

Una exquisita pieza de la colección de bronces chola del palacio del rajá de Tanjore. Foto: Pedro Lavado

Detalle del templo Nageshwara Swami Shiva (Kumbakonam). Foto: Pedro Lavado

El templo Airavatesvara (Darasuram), “hermano pequeño” del de Tanjore. Foto: Pedro Lavado

El fantástico templo chola de Gangaikondacholapuram. Foto: Pedro Lavado

Copia del Shiva-Nataraja del templo de Chibandaram, donde el dios inicia cada 5.000 años su baile cósmico de creación-destrucción. En el Nataraja, el círculo simboliza el ciclo vital; las flamas, la destrucción y la purificación; la “mudra abhaya” (el gesto de la mano que significa “no temas”) es símbolo de protección y de paz. Shiva centra en sí mismo lo que es, y señala con su dedo en dirección al pie izquierdo, el que simboliza la vía de salvación. Por ello, la pierna izquierda conduce al dios por el camino correcto, mientras con la derecha aplasta la ignorancia humana en su estado original, simbolizada por un niño que sostiene una cobra. Foto: Pedro Lavado

2.enero´2007 : El que esto escribe lleva a bordo de un autobús, entre Mysore y Tanjore (Thanjavur), la friolera de 16 horas.

Algo así, créanme, imprime carácter, como el bautismo.

Típico contraste indio: residir ayer en el pomposo Lalitha Mahal Palace, construido por orden del rajá de Mysore para alojar a los virreyes de la India y otros huéspedes similares, y estar hoy en éstas. ¡Dieciséis horas! Un atascazo en Bangalore nos ha retrasado casi dos horas, y al menos hemos podido hacer altos en el camino en áreas de servicio decentes. Como ya no podía más, y viendo que era imposible llegar a Tanjore a una hora que nos permitiese visitar algo, he pedido a chófer y guía que se detengan, seis kilómetros al norte de Trichy (Tiruchirapalli), en el megalomaníaco y desmesurado templo de Sri Aranganathaswamy. Al menos, desde que hemos entrado en el Estado de Tamil Nadu tanto paisaje como paisanaje han cambiado tanto que por momentos lo que presenciábamos desde el autobús nos dejaba hipnotizados. Momentáneamente, claro.

La verdad es que la tarde de ayer sirvió para constatar cómo bajo el dominio británico, en las postrimerías del XIX e inicios del XX, los príncipes indios no fueron sino caprichosas marionetas coloniales. Tras devorar a toda prisa un sándwich de pollo y una cerveza en el bar del Lalitha Mahal, nos lanzamos a visitar Mysore. Las eclécticas colecciones de los excesivos maharajás se alojan en un palacete decrépito, y son algo patéticas en su desmesura y manifiesto mal gusto. Idéntica suerte corre a los ojos del viajero el inclasificable Palacio de la Ciudad, un pastiche indo-morisco cuya magnificencia debió apabullar a principios del XX, pero que hoy resulta difícil de digerir. Por la noche, iluminado con casi 100.000 bombillas, parece un hotel de Las Vegas. Más entretenido resulta el mercado central, con sus tenderetes llenos de coloridas montañas de tikka, sus jabones perfumandos con sándalo, sus guirnaldas de flores, sus sonrisas sin fin. Un vistazo a la iglesia católica de Santa Filomena, y subimos a las colinas Chamundi, donde reina la terrible Durga en el oscuro seno de un formidable templo. Los fieles lanzan furiosamente cocos al suelo frente a la gopura principal, entre el estrépito de los ansiosos fieles que hacen cola para ver cómo acuestan a la diosa sus brahmanes y el asombro de veintidós españoles absolutamente transidos por el espectáculo. Un absoluto caos. Pero un caos que, inexplicablemente, funciona.

Mencionaba antes el Sri Aranganathaswamy de Srirangam (Trichy), y la verdad es que fue todo un bálsamo de Fierabrás. Hasta siete cercas protegen el sáncta-sanctórum donde duerme Vishnú, un caso único en la India. Siete: un número sacro, simbólico, que para los vaishnavitas representaría los siete centros de Yoga, o los siete elementos que forman el cuerpo humano (en cuyo centro mora el alma). Hace ya tiempo que ha oscurecido, y por ello la actividad en la ciudad-templo es frenética: charlatanes, peregrinos, mercaderes, devotos, ciegos, tullidos, beatas, locas, animales... Todo un bestiario humano y animal, espejo de un mundo de grandezas y miserias. A medida que superamos murallas bajo espléndidas gopuras, más nos maravillamos: severos y puros brahmanes venden comida bendita tras alargados mostradores, que cientos de peregrinos devoran sentados en animados corrillos sobre la arena; bajo espléndidos relieves y alambicadas esculturas (los archifamosos caballos de Srirangam) cuatro fornidos sacerdotes llevan en parihuelas la imagen de un dios, corriendo a acostarlo; decenas de devotos de Vishnú, ataviados con negros longhi, salmodian anestesiantes mantras: "Ohm Namo Bhagvatey Vasudev aay", "Ohm Mahaa Shring aay Namah". Hace siglos, el tiempo debió detenerse en este lugar, y nos ha sido concedido presenciar este milagro en los dominios del dios Conservador.

A eso de las once de la noche, llegamos al hotel Sangam de Tanjore (Thanjavur). Estamos exhaustos, pero el hotel es muy bueno y la cena deliciosa, tanto que es capaz de resucitar a veintidós españoles muertos de cansancio. Ayuda también la cerveza King Fischer, una lager local deliciosamente refrescante. Seguro que esta etapa ha sido una prueba de la Trimurti. Divinos Brahma, Shiva y Vishnú: prueba superada.

El Palacio del rajá de Mysore, un capricho indo-morisco de día...

...y de noche

El templo de Srirangam (Sri Aranganathaswamy), el mayor de la India

Detalle de la mandapa de los caballos, en Srirangam

1.enero´2007 : La fiesta de Fin de Año que ayer organizó para nosotros el más que digno hotel Hoyshala Village de Hassan tuvo como única pega que era al aire libre, y a casi mil metros de altitud hacía un frío considerable. Un aplauso por la integridad de los participantes en esta expedición por La India del Sur: Andra Pradesh, Karnataka y Tamil Nadu, que bailaron rodeados de fornidos y semidesnudos indígenas al son de atronadores tambores, disfrutaron de la cena-buffet, bebieron vinos blancos y tintos indios, y finalmente tomaron las uvas bajo un cielo cubierto por fuegos artificiales. Como me retiré pronto a dormir, no me enteré hasta hoy de la gran noticia: a Anita García Redondo la nombraron mejor bailarina de la fiesta y le regalaron un juego de sábanas. Se lo merecía, después de la tensión por la que ha pasado en los últimos tiempos. El caso es que recuerdo haber oído entre sueños al animador de la fiesta gritar a micrófono abierto: “¡Ana! ¡Ana!”. Si es que la montamos allá por donde vamos… Hoy no aparecía por ningún sitio el secador de pelo que le prestaron a Anita, lo que ha terminado retrasando media hora nuestra salida. Aclarado el entuerto por un soñoliento empleado del hotel, ponemos rumbo a Sravanabelgola.

La ruta atraviesa arrozales y palmerales. De pronto, a lo lejos, sobre una colina rocosa se recorta la estatua jainista de Gomateshvara, uno de los mayores monolitos esculpidos del mundo. La pequeña ciudad de Sravanabelgola es en efecto uno de los altos lugares del jainismo: aquí se concentran veintidós templos repartidos entre dos colinas y un monasterio ubicado en la ciudad baja. Son jainistas digambara, “vestidos de cielo”, ya que sus más radicales y puros adeptos viven su religión en la más absoluta desnudez, desprovistos de todo. El cielo por túnica. Subiendo los más de 700 escalones tallados en la roca viva (Esther de Marco y Rosa Castro tuvieron que hacerlo en “silla gestatoria”, llevadas a hombros por cuatro esforzados fieles) nos cruzamos con tres devotos digambara totalmente desnudos. Lejos de provocar escándalo o rechazo, la opinión en el grupo es unánime: hay algo enormemente saludable, tanto a nivel físico como espiritual, en el aspecto y el aura de estos fieles.

Mahavira, también llamando Jina, o Vardhamana, es el fundador del jainismo. Nacido en el s.VI a.C., fue el último de una serie de veinticuatro profetas, llamados también “los que pasan”. Los orígenes de este movimiento son muy anteriores a su nacimiento, hasta el punto que el jainismo se considera como la religión más antigua de la India. Pero es una religión “atea”: el jainismo no niega la existencia de dioses, pero considera que su intervención no juega papel alguno en la vida de los hombres. Sólo los actos permiten llegar a la perfección y fundir el alma con el Absoluto. Es un movimiento puritano, basado en el desprendimiento y el ascetismo. Del jainismo proviene la doctrina de la no violencia que prescribe no hacer mal a ningún ser vivo. Muchos ven en ello el origen del vegetarianismo indio. Los jainistas más píos llevan un velo de lino blanco sobre el rostro para evitar tragarse accidentalmente un mosquito, y barren las calles a su paso para despejarlas de insectos y así no pisarlos. En nuestra ascensión al santuario Gomateshvara nos acompañan peregrinos shvetambara (vestidos de blanco) y digambara (vestidos de cielo, es decir desnudos). Cómo no pensar que esta desnudez, además de expresar un desprecio radical por lo material, sea el antídoto perfecto contra las tentaciones sexuales.

Sravanabelgola, el centro jainista más importante de la India del Sur, está firmemente vinculado a la secta digambara. Sus templos son soberbios, y a medida que ascendemos se abre a nuestros ojos un panorama idílico, salpicado de santuarios. Trona sobre el paisaje rocoso la gigantesca estatua monolítica de Gomateshvara, hijo del primer “pasante” (los que ayudan al aspirante a pasar el océano de la reencarnación). Tallada en granito gris, es una soberbia pieza típica del s.X: hierática, monumental, espiritualmente expresiva. Si el viajero se abstrae, diríase que un gigantesco kouros griego se ha reencarnado en este fabuloso Gomateshvara. Sobre la estatua y el deambulatorio, plagado de imágenes de los veinticuatro profetas jainistas, se yergue un tremendo y feo andamio: a finales de mes se bañará la imagen con leche, mantequilla, azafrán, agua, aceite, especias… A sus colosales pies se arraciman los peregrinos, esperando la libación ritual que administran celosos sacerdotes ávidos de ofrendas y donaciones.

Dos minutos para tomar un reconfortante milk tea, y salimos hacia la isla de Srirangapatnam, ubicada a unos 14 km al norte de Mysore. Otro fantástico lugar para admirar las grandes expresiones del arte islámico del sur de la India. Aquí, en las postrimerías del s.XVIII una dinastía local derrocó a los rajás Wadiyar de Mysore, ascendiendo al trono sucesivamente Haider Alí y Tipu Sultán, el celebérrimo “Tigre de Mysore”. En 1799, el futuro Duque de Wellington asediaría Srirangapatnam y daría muerte a Tipu Sultán, acrecentando si cabe aún más su leyenda de irredento príncipe local. Nadie como el “Tigre de Mysore” plantó cara al ejército colonial británico, y seguramente ningún otro reyezuelo le causó tantos quebraderos de cabeza en sus planes por conquistar la India. Apoyado por los franceses y por los sultanes de Hyderabad, Tipu Sultán logró humillar a los ingleses, hasta que su buena estrella se apagó y tuvo que afrontar fabulosas compensaciones de guerra, dejando en prenda a sus hijos.

Quien quiera conocer más sobre este increíble personaje deberá visitar el londinense Victoria & Albert Museum, y multitud de colecciones privadas británicas. De los tesoros amasados por Tipu Sultán no quedan más que algunas ajadas fotos en el bellísimo Daria Daulat Bagh, el pabellón de invitados cuyas imponentes pinturas al fresco ocultan aparatosos brise-soleil. Grandes paradas militares, retratos de los reyes, reinas, príncipes, sultanes, nababs de todos los territorios indios… Haider Alí, Tipu Sultán y los señores de Hyderabad asisten a las batallas protegidos por palanquines y oliendo perfumadas rosas, mientras los británicos son ridiculizados y los franceses exaltados. Frente al Daria Daulat Bagh, dos enormes palomares recuerdan al viajero la importancia que en tiempos debieron tener las palomas mensajeras. Podían decidir el curso que tomaría una guerra.

Muy cerca de aquí se encuentra el mausoleo Gumbaz. De nuevo la misma estructura que veíamos hace unos días en el complejo de Ibrahim Rouza: una puerta monumental, una evocación muy a la persa del jardín del Paraíso, y las fabulosas “gumbaz” (cúpulas) del mausoleo y la mezquita. Aquí reposan Haider Alí, su esposa y Tipu Sultán. Los materiales son ricos: columnas de granito negro iraní pulido con aceite de coco en el exterior, y sorprendentes policromías que recuerdan la piel de un tigre en el interior. Un humilde “Salam Aleikum!” me franquea el paso a la mezquita, cuya blanca sala hipóstila protege un bello mihrab y un mínimo minbar, tan característico (apenas tres escalones) por estos pagos.

El autocar avanza hacia el Fuerte de Srirangapatnam, la imponente fortaleza militar desde la que Tipu Sultán dirigió su resistencia antibritánica. Es toda una ciudad amurallada, donde asoman alminares de mezquitas, gopuras y vimanas de templos y un sencillo monumento sobre el exacto lugar donde, reza la tradición, fue muerto el “Tigre de Mysore”. Atravesando el río Kaveri, uno de los más sagrados del sur de la India, ponemos rumbo a “maysuur”, como pronuncia, divertido, nuestro guía Bhawani.

La fabulosa imagen del Gomateshvara (Sravanabelgola)

Fieles y peregrinos jainistas

Frescos dieciochescos en el Daira Daulat Bagh (Srirangapatnam)

Las cúpulas del mausoleo Gumbaz, última morada de Haider Alí y Tipu Sultán

31.diciembre´2006 : Alborea cuando abandonamos las instalaciones del moderno hotel Malligi de Hospet. Es el último día del año, y no puedo resistir la tentación de recitar al grupo un famoso –y, cómo no, alambicadamente modernista- poema de Rubén Darío:

Año nuevo

A las doce de la noche, por las puertas de la gloria
y al fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre,
sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria,
San Silvestre.

Más hermoso que un rey mago, lleva puesta la tiara,
de que son bellos diamantes Sirio, Arturo y Orión;
y el anillo de su diestra hecho cual si fuese para
Salomón.

Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina,
y su capa raras piedras de una ilustre Visapur;
y colgada sobre el pecho resplandece la divina
Cruz del Sur.

Va el pontífice hacia Oriente; ¿va a encontrar el áureo barco
donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero?
Ya la aljaba de Diciembre se fue toda por el arco
del Arquero.

A la orilla del abismo misterioso de lo Eterno
el inmenso Sagitario no se cansa de flechar;
le sustenta el frío Polo, lo corona el blanco Invierno
y le cubre los riñones el vellón azul del mar.

Cada flecha que dispara, cada flecha es una hora;
doce aljabas cada año para él trae el rey Enero;
en la sombra se destaca la figura vencedora
del Arquero.

Al redor de la figura del gigante se oye el vuelo
misterioso y fugitivo de las almas que se van,
y el ruido con que pasa por la bóveda del cielo
con sus alas membranosas el murciélago Satán.

San Silvestre, bajo el palio de un zodíaco de virtudes,
del celeste Vaticano se detiene en los umbrales
mientras himnos y motetes canta un coro de laúdes
inmortales.

Reza el santo y pontifica y al mirar que viene el barco
donde en triunfo llega Enero,
ante Dios bendice al mundo y su brazo abarca el arco
y el Arquero.

Llegamos a Halebid, “la Ciudad Muerta” (el sultanato de Delhi la arrasó en 1311) pasado el mediodía. Como ya viene siendo habitual, el camino ha sido largísimo pero entretenido. En la India, un viaje por carretera se resume en una sucesión de anécdotas: escenas de zafra, peregrinos en ruta hacia quién sabe qué templo, laboriosos campesinos, desgreñados brahmanes… Aquí, en el suroeste del Estado de Karnataka, reinó durante los s.XI-XIII la dinastía de los Hoysala. Vistas desde lejos, las estructuras de sus templos pueden parecer toscas, algo compactas. Al aproximarse, el viajero descubre un mágico mundo de abigarradas figuras negras, brillantes como el ónice, una profusión inédita de personajes surgidos del mito, la leyenda, la épica y, cómo no, el inmenso panteón de dioses hindúes. La piedra local, llamada estereatita (una piedra jabón que se oxida al contacto con el aire, ennegreciéndose), era fácil de trabajar y una vez pulida arrojaba resultados magníficos. Sin olvidar que en esta región los artesanos de la madera inspiraron la escultura y talla en piedra: estilóbatos, fustes, ábacos y capiteles que parecen torneados, imágenes de expresión única, ricas en detalles, de un barroquismo arrebatador. En el interior del templo de Hoysaleshvara, un potente foco de luz ilumina secuencialmente las columnas más ricas, las figuras mejor trabajadas, un fantástico y mágico mundo atrapado en piedra. A la luz del día realizamos la circunvalación mística alrededor de la cella, siguiendo las aristas y retranques de la compleja planta del templo.

Visitamos un pequeño templo jainista, con una mandapa de delicadas columnas talladas, antes de tomar rumbo con destino Belur. Almorzamos, como siempre, comida vegetariana y fuertemente especiada, que no picante. Esas preciosas especias: “… Pues sin el grano de pimienta, lo que sucede hoy en Oriente y en Occidente quizás nunca hubiese podido empezar. Fue la pimienta la que llevó al océano los grandes navíos de Vasco de Gama, desde la torre de Belem en Lisboa hasta la costa de Malabar; primero Calicut y, más tarde, a causa de su puerto en forma de laguna, a Cochin. Los ingleses y los franceses surcaron la brecha abierta por ese portugués, que llegó el primero, de manera que en este periodo llamado “del-Descubrimiento-de-la-India” –pero ¿cómo podíamos ser descubiertos sin antes estar cubiertos?- éramos “menos un subcontinente que un subcondimento”, como decía mi distinguida madre. “Desde el principio, lo que el mundo quería de esta sagrada madre India estaba claro como el día”, solía añadir. “Venían a buscar cosas especiadas, como cualquier hombre que va a ver a una puta”. (Salman Rushdie, El último suspiro del moro, 1966).

En Belur, el templo Chennakeshava (una forma de Krishna) resplandece a estas horas con el fulgor del sol vespertino. De nuevo la planta estrellada, de nuevo el gusto exacerbado por el detalle, por narrar. En India nunca existió una tradición oral: la transmisión del conocimiento siempre se hizo de forma visual. El tropel de imágenes que nos asalta refleja el titánico esfuerzo por preservar una historia hecha a la medida de todos, memoria tallada en piedra por los siglos de los siglos. Vemos precipitarse hacia Occidente los últimos rayos del 2006 desde el plinto del gran templo de Belur, e instintivamente coreografiamos un atávico “saludo al sol”. Divertidos o quizás sorprendidos, cientos de ojos indios nos observan.

Detalle decorativo en el interior del templo de Halebid.

Belur, uno de los grandes templos construidos por la dinastía Hoysala.

30.diciembre´2006 : Después de varios días inmersos en las manifestaciones artísticas, sociales y culturales del Islam indo-meridional, el viaje toma un giro inmenso. Ayer, cuando atardecía, se abría ante nuestros ojos el más completo panorama de la arquitectura hindú, sus orígenes: el conjunto de templos y santuarios de Aihole. Entre los siglos VI y XII, las sucesivas dinastías Chalukya y Rashtrakuta edificaron más de 125 estructuras a orillas del río Malparaba. De todos ellos, dos son auténticas obras maestras, y terminarían por influir en dos gigantescos estilos cuyas características inundarían toda la India: el nagara en el norte y el drávida en el sur. Se trata, claro está, del gran templo Durga y del templo Ladh Khan.

Es difícil describir las tonalidades que adquiere la piedra sobre el templo durganagudi (“cercano al fuerte”, conocido como Durga: nada que ver en este caso con la diosa). Vivos ocres, fogosos tonos rojizos… Por primera vez en este viaje, nos encontramos cara a cara con el panteón hindú, con los mitos y creencias que comenzaron a gestarse en estas tierras quince siglos antes del nacimiento de Cristo. Describir todos los detalles escultóricos y arquitectónicos de este edificio sería tarea larga, como lo sería hacerlo con los del templo Ladh Khan. El viajero, que ve más allá de pilastras, hornacinas, mandapas y vimanas, adquiere enseguida conciencia de que está ni más ni menos que en un gigantesco campo de maquetas, en un taller de experimentación. E intuye que tanto aquí como en las visitas que hará al día siguiente en Badami y Pattadakal los monarcas del periodo Chalukya, en perpetuo combate con sus rivales, los Pallavas, se jugaron el prestigio de su imperio en el campo de batalla y en los logros arquitectónicos. Unos y otros, que a lo largo de la historia saquearon sus respectivas capitales en múltiples ocasiones, volvían asombrados de que sus antagonistas hubiesen sido capaces de construir tal o cual templo. Primero en madera, luego horadando cuevas o ciclópeas rocas, y finalmente desarrollando en Aihole, Badami y Pattadakal –y también en Mahabalipuram- toda una serie de centros de “brain storming”. Tal fantasía, tal nivel de imaginación, tal afán de superación suponen todos los ensayos, todos los experimentos que estamos presenciando en este inmenso campo de maquetas que es Aihole, que a pesar de que hace tiempo que ya no hay casi luz seguimos paseando por el recinto arqueológico, hipnotizados.

Hoy hemos madrugado mucho. Apenas raya el alba cuando abandonamos el hotel Badami Court camino de las afamadas cuevas de Badami. Una suave neblina se eleva sobre los roquedales y el pueblo, cuyas calles recorren soñolientos devotos de Shiva. Ataviados con sus negros longhi y con sus anchas frentes rayadas por el tridente blanco del dios, son los involuntarios protagonistas de un espectáculo irreal, surgido de la noche de los tiempos. La capital de los Chalukyas entre los siglos VI a VIII se despereza. Aparcamos nuestro vehículo a la vera de las cuatro cuevas, mientras el sol lucha con la bruma creando suaves efectos de luces y sombras sobre el caserío y el roquedal que nos rodea. A nuestros pies, el lago Agastya, hasta el que descienden los gigantescos escalones de unos ghats poblados de hombres y mujeres entregados a sus abluciones y al lavado de saris, longhis y demás. Y frente a nosotros, en distintos niveles, los cuatro templos-cueva. Como si de heridas infligidas a la montaña se tratase, decenas de dioses blanden sus armas, sus atributos, sus poderes. Un Shiva-Nataraja iniciando su baile cósmico, varios avatares de Vishnú, las divinas esposas Parvati y Lakhsmi… Más allá del lago, el templo Bhutanatha proyecta su torre-vimana al cielo, donde moran las sagradas familias de la Santísima Trinidad hindú, la Trimurti.

A apenas 22 km de Badami, en una curva del río Malprabha, se encuentra otro fascinante conjunto de templos de los estilos nagara (norte) y drávida (sur): Pattadakal. Utilizando múltiples recursos estilísticos, los arquitectos y artistas que construyeron estos edificios estaban, sin saberlo, contribuyendo a consolidar las bases de dos inmensas escuelas cuyos principios serían aplicados por todo el subcontinente indio. Y es que aquí, en la antigua ciudad de coronación de los Chalukyas, se gestó todo. Al igual que en Badami y Aihole –y también, como veremos al final del viaje, en Mahabalipuram- la competitiva creatividad de esta dinastía con sus vecinos y antagonistas, los Pallavas, terminaría por manifestarse en un acto creativo sublime, fogoso, mayestático. Escenas del panteón hindú, del Mahabhárata y del Ramayana adornan muros externos y mandapas, mientras los pasos del peregrino se encaminan hacia el sancta-sanctorum que oculta el lingam de Shiva. Pattadakal representa sin duda alguna la culminación de un arte ecléctico (s.VII-VIII) que lograría una harmonía híbrida de formas arquitectónicas del norte y sur de la India: una impresionante serie de nueve templos hindúes y un santuario jainista entre los que brilla el gran templo Virupaksha, construido en el 740 por la reina Lokamahadevi para conmemorar la victoria de su esposo sobre los reyes del sur.

Hampi es un secreto a voces. Un recinto arqueológico austero, grandioso, la última capital del último gran reino hindú: Vijayanagar. Espantados ante la idea de ser aplastados por los musulmanes del norte, los príncipes drávidas, fabulosamente ricos, se aliaron para crear un Imperio, estableciendo aquí su sede más próspera. Pero la Confederación Musulmana del Deccan, patrocinada por los mogoles, terminaría por conquistar sus predios en 1565, saqueando la ciudad y sometiéndola a pillaje durante seis meses antes de abandonarla. Geológicamente hablando, el paraje es espectacular: por doquier surgen ciclópeos roquedales, cuyos piramidales amontonamientos a buen seguro inspirarían a los antiguos sus estructuras religiosas. No es fácil visitar Hampi con un vehículo grande, y el microbús que había reservado está estropeado. Así que contrato una caravana de ocho tuk-tuk que a velocidades de infarto nos llevan hasta el templo de Vitthala. Un sol rojo, de ígnea e insolente belleza, se precipita hacia el ocaso tiñendo de fuego las columnas, gopuras, pilastras, mandapas y hornacinas del templo. Un guía local golpea con maestría sus nudillos contra un conjunto de finas columnillas, y se hace el milagro: arquitectura y música unidas. Mientras acercamos nuestros oídos a los delgados fustes, van desgranándose con sonidos acampanados, lejanos ecos, antiguas melodías tonales. Desde su mandapa con ruedas de piedra, el buey sagrado Nandi, vehículo celestial de Shiva, sonríe complacido mientras se lame el hocico.

Lanzados a enloquecida carrera, nuestros tuk-tuk recorren Hampi sorteando templos y colinas. Se recorta a lo lejos, sobre una cumbre roqueña, el templo de Hanuman. Y es que aquí se ubicaba el mítico reino de los Monos, donde Hanuman, Bali y Sugriva se convertirían en adalides de la causa del príncipe Rama para recuperar a su amada Sita. Lejos de creer que se trata de un fenómeno volcánico, los indígenas ven en las piedras que nos rodean la furia de los guerreros-mono, que para demostrar su poder desbastaron la montaña arrojando sus pedazos al valle.

El carro de fuego del dios Surya, pretérita cuarta de Apolo, ha tomando ya el camino de Occidente. Su estela decae mientras paseamos absortos por las inmediaciones del Lotus Mahal y los establos de elefantes. Una de las esposas del rey Krishna Deva Raya solía relajarse en este palacio de las mil y una noches, protegida por un ejército de eunucos y refrescada por un ingenioso sistema hidráulico que humedecía paredes y cortinas. A lo lejos, y mientras sus damas de corte interpretaban para ella dulces melodías, los baridos de los elefantes reales debían antojársele irreales.

Terminamos la noche en el formidable templo de Virupaksha, rodeado por las decenas de comercios del bazar de Hampi. Un elefante, esta vez de carne y hueso, bendice con un suave gesto a aquellos fieles que le entregan una moneda. El paquidermo la aspira con su trompa, la deposita en la mano de su amo y pasa la trompa sobre la cabeza inclinada del devoto. En apenas unos instantes, los brahmanes del templo correrán hacia la cella para acostar al dios.

Relieves en los templos-cueva de Badami.

Pattadakal, origen de la arquitectura hindú.

El templo de Vitthala, una de las joyas del recinto arqueológico de Hampi.

29.diciembre´2006 : Tras descansar unas cuantas horas en el hotel Madhuvan, decidimos dedicar la mañana al descubrimiento de Bijapur, la perla de la dinastía de los Adil Shahis. Son las ocho de la mañana y hace horas que la población se ha despertado: miles de personas pululan por las calles mientras las vacas y los cerdos, omnipresentes (sólo en Bombay han sido capaces de condenar al ostracismo urbano a los cebúes), limpian las calles devorando detritus. En la India del Sur, los cerdos semejan jabalíes, y a menudo piaras enteras que incluyen minúsculos jabatos y rayones corretean enloquecidas por calles y callejas. Sólo la casta inferior, los parias intocables, es capaz de comerse la carne de estos facóqueros. Más cornadas da el hambre.

Uno de los monumentos islámicos más hermosos del mundo es el magnífico mausoleo de Ibrahim Adil Shah II, completado en 1626. La luz de la mañana bendice los parterres que anteceden la explanada, sobre la que una fabulosa terraza sostiene un bosque de alminares. El complejo de Ibrahim Rouza enfrenta, al igual que la Dargah de Banda Nawaz en Gulbarga, mezquita y mausoleo, incorporando un fabuloso estanque de abluciones entre ambos, y una curiosa escalinata exenta que hacía las veces de plataforma para el almuédano, limitándose los alminares a una mera función decorativa. En Ibrahim Rouza coinciden el rigor estilístico persa con la fantasía hindú, y por ello el monumento exhala gracia y simplicidad por partes iguales. Cuenta la tradición que Taj Sultana, la consorte real, tuvo que enterrar a su marido en un mausoleo que él había ordenado construir como regalo a su amada esposa. Bañan los cenotafios halos de luz tamizada a través de exquisitas ventanas “jali”, el arte persa de crear celosías con versículos del Corán. Cuando Malik Sandal, el arquitecto, terminó el complejo, ordenó inscribir sobre la puerta oeste la siguiente descripción de su obra maestra: “Una belleza ante la que el mismísimo Paraíso permaneció atónito”.

Custodiando la entrada oeste de la ciudad se encuentran dos hitos militares: el gran cañón Malik-i-Maidan (s.XVI) y el Upli Burj, uno de los fabulosos bastiones de la muralla. No demasiado lejos, un bosque de imponentes arcos recuerda el emplazamiento de la tumba inacabada de Ali Rauza. El sitio, que recibe el nombre de Bara Kaman, resulta imponente por la magnitud de lo que pudo haber sido y nunca fue. Lo mismo sucede, pero al contrario, con los palacios que salpican la ciudadela: el Gagan Mahal, el Sat Manzir y el Jal Mandir nos hablan de un grandioso pasado ya decrépito. Donde antes se encontraban el “Palacio de los Cielos”, el “Palacio de los Placeres” y el “Pabellón del Agua” se acodan hoy escribanos, que por docenas rellenan instancias, redactan súplicas y si se tercia adornan prohibidas cartas de amor. Lo poco que queda hoy de los palacios de los sultanes de Bijapur está ocupado por oficinas gubernamentales, y antes exiguas ventanillas no es raro ver cómo hacen cola, con paciencia sacrosanta, cientos de personas.

Camino de la gran aljama, una de las mezquitas más impactantes del sur de la India, nos detenemos unos instantes en una caótica callejuela para admirar uno de las estructuras más delicadas y exquisitas de Bijapur: el Mithari Mahal, una magnífica puerta de tres niveles que franquea el paso a un exiguo patio de abluciones y una mínima mezquita. Con los regalos y presentes que recibió tras visitar Vijayanagar, Ali Adil Shahi ordenó construir este complejo, alejado de todos los circuitos turísticos. Gráciles balconcillos en saledizo, portentosas pilastras y delgadísimas ménsulas asombran al viajero, como en tiempos debieron maravillar a los temerosos súbditos de los poderosos Adil Shahis. A tiro de piedra, la Mezquita de los Viernes (Jami Masjid, 1565) también fue comisionada por el gran Ali, y en el s.XIX ocupaba el epicentro de una ciudad gobernada por los Nizams de Hyderabad. Su “hauz” (patio de abluciones), inmenso prisma cuadrado, antecede al haram, la sala de oración hipóstila. ¿Cómo no evocar aquí la visita que hicimos ayer al caer la tarde, en Gulbarga, a la aljama de la fortaleza en ruinas? La dinastía Bahmani encargó a un arquitecto que había visitado Córdoba una interpretación del gran templo omeya. Por camino duro, sorteando reatos de agua que surgían a la vera de la ciudadela, llegamos hasta la sorprendente sala hipóstila en el justo instante en que el sol comenzaba a fulgurar, anunciando su ocaso. Fue un instante mágico.

No experimenta el viajero aquí, en Bijapur, en el interior de la Jama Masjid, la misma sensación. Lo que maravilla es la monumentalidad de la escala, el apoteósico mihrab, las más de dos mil musallahs toscamente pintadas en el suelo. Indican el lugar que ocupaban miles de maravillosas alfombras de oración de terciopelo de seda, que junto con todos los tesoros del templo saqueó el emperador mogol Aurangazeb. En un gesto de piedad hacia sus (aunque enemigos encarnizados) correligionarios musulmanes, el mogol consintió el dibujo de esquemáticas alfombras (“musallahs”) sobre el haram. Hay que abandonar el recinto: se aproxima la zelá (“al-Salat”), la oración del mediodía, y ya hay fieles que comienzan a llenar la mezquita.

“En términos de grandiosidad constructiva, nada puede compararse con el Golgumbaz”. Recuerdo esta frase de James Ferguson al levantar la mirada hacia la alucinante cúpula que se yergue sobre el cenotafio de Muhammad Shah. Aunque muchas basílicas occidentales se disputan el título de poseer los mayores diámetros tras el de San Pedro en Vaticano (Saint Paul´s, Santa Sofía, etc.), en Bijapur aseguran que esta es la segunda mayor del mundo, y punto en boca. Si el Taj Mahal es la joya arquitectónica del norte indo-musulmán, el Golgumbaz es la construcción más inaudita del sur. Una maravillosa desmesura. La acústica es de tal calidad que, a pesar de la cacofonía reinante, un simple chasquido de los dedos provoca ecos de hasta 12 rebotes. Una reverberación increíble. Hay que imaginarse a los mullahs salmodiando versículos coránicos en este espacio sonoro extraterrestre, hay que subir hasta la balaustrada en la base de la cúpula para apreciar las auténticas dimensiones de la arquitectura y del fenómeno acústico. Enloquecidos, cientos de indios corretean por la circunferencia, se gritan los unos a los otros, dan palmas y jalean los ecos mejor conseguidos. Aturdidos, abandonamos el Golgumbaz, un monumento islámico tan desconocido como espectacular.

Son casi las dos de la tarde cuando ponemos rumbo a Aihole, la cuna de la arquitectura religiosa hindú.

El Golgumbaz de Bijapur, una maravillosa obra de arte islámica

Detalle de la balaustrada exterior del Golgumbaz (Bijapur)

El complejo de Ibrahim Rouza, mausoleo de Ibrahim Adil Shah (Bijapur)

28.diciembre´2006 : Apenas acaba de amanecer cuando abandonamos Hyderabad, la ciudad de los orgullosos sultanes Qutub Shahi. La etapa de hoy es larga y transcurre por caminos duros, a caballo entre los Estados de Andhra Pradesh y Karnataka. Nos encaminamos hacia Gulbarga, la capital fundacional de la dinastía Bahmani y ciudad principal de la región antes de que la corte se desplazase a la cercana Bidar en 1424. Capturada más tarde por los Adil Sahis y los Mogoles, sigue siendo una ciudad con un marcado carácter musulmán, y por doquier asoman asombrosas cúpulas, magníficos alminares y grandiosos mausoleos.

Las carreteras del sur de la India están infestadas de camiones. Aunque debe existir un código de circulación, el 100% de los indios lo ignorar, y limitan a tres las reglas básicas de tráfico: sólo miran hacia adelante, intuyen lo que viene detrás en base a los bocinazos de los demás, y jamás frenan si no es porque han llegado al límite de lo que de otra forma sería un accidente. Al entrar en el Estado de Karnataka, nuestro chófer detiene el autobús para pagar alrededor de 300 euros en concepto de tasas de circulación en la oficina correspondiente. Mientras, algunos aprovechamos para beber un abrasante “milk tea”, hervido con leche y toneladas de azúcar.

Antes de iniciar nuestras visitas aprovechamos para almorzar en un restaurante vegetariano llamado Kamat. Es una cadena que existe en todo el sur, curiosa réplica local a la plaga de fast-foods que inundan las grandes metrópolis indias. Comemos “dosa masala” (crêpe de harina de lentejas relleno de patata), “iddlis” (tortitas de arroz hervidas), “kofta masala” (bolas de patata cocida con salsa de verduras)… Delicioso, rápido y baratísimo. Raro es pagar más de dos euros por un almuerzo completo en esta región del país.

El complejo de la Dargah (mausoleos, medersas, mezquitas, etc.) del santo local Banda Nawaz parece haberse detenido en el tiempo. Para llegar hasta él hay que abandonar el centro de la ciudad de Gulbarga, atravesar campos salpicados de pequeños mausoleos bahmanis arruinados y subir a pie ligero la pequeña cuesta de un arrabal cuyas casas se arraciman a las puertas de la Dargah. Siguen decenas de puestos de guirnaldas, cuyas rosas damascenas y blancos jazmines desprenden perfumes enervantes, que el calor extrae e inocula en el aire. Para rendir homenaje al santo hay que descalzarse, ascender varios escalones y extasiarse ante la profusión de enjalbegados edificios que pueblan la explanada: tumbas coronadas por inmensas cúpulas, hospicios de peregrinos, pórticos monumentales y un enjambre de píos, curiosos, charlatanes y beatas que forman animados corrillos. Muchos de ellos, por cierto, no son musulmanes, pero se acercan a la santísima tumba por si acaso. Quien sabe si a ellos, hindúes o jainistas, les concederá merced un mahometano.

Nuestra llegada al Banda Nawaz causa una auténtica revolución. Decenas de fieles se agolpan para presenciar nuestra entrada en la explanada, nos siguen, nos persiguen. Si nos paramos, se detienen. Si nos sentamos, se acuclillan. Los occidentales siempre hemos provocado un sentimiento encontrado en los orientales, sobre todo en los indios: para ellos somos impuros, pero sienten tan hipnótica curiosidad por nosotros que no se resisten a observarnos, incluso a permitir que les toquemos. Sólo los hombres pueden penetrar hasta el corazón de las dos tumbas principales del recinto, un universo exclusivamente masculino. Las mujeres se contentan con dejarse bendecir bajo el quicio central con un plumero que acaricia sus cabezas, sonriendo beatíficamente, como si el mismísimo Bandah Nawaz hubiese posado sus huesudas manos sobre ellas.

Recorremos los diversos patios de la Dargah recreándonos en la arquitectura y en el paisanaje: si emocionantes son estos grandes logros de la arquitectura islámica, tanto o más lo es encontrar tipos humanos que parecen surgir directamente de un mundo olvidado, paralelo al nuestro pero cientos de años anterior al mismo. Un vigoroso anciano casca cocos utilizando un esquinazo de una mezquita, deleitando con su agua a los sedientos peregrinos. Varias mujeres tejen guirnaldas de minúsculas rosas, y sus hombres las depositan, descalzos y tocados con una kufia verde, sobre el manto de seda que recubre el venerado cenotafio. Más allá, dos jóvenes trocean con precisión ancestral una cabra recién sacrificada, a buen seguro una donación al waqf –la obra pía- del templo que habrá que repartir entre los más necesitados de forma ecuánime y extensiva. Cruzan corriendo el patio un grupo de jóvenes talib (estudiantes), camino de la medersa. Y en un rincón, transidas, varias mujeres veladas por un pesado chador levantan sus brazos hacia un plinto donde, cuenta la tradición, la intercesión del santo libera a los endemoniados de su espíritu opresor. Dormitan los fieles en la aljama, y en este patio de monipodio un grupo de españoles se siente transportado a los tiempos de los Bahmanis, cuyo linaje persa imprimió con el estigma de Las Mil y Una Noches este rincón de Karnakata. Si los monumentos islámicos de la India del Norte son fascinantes, no es menos verdad que son edificios muertos. Sólo en la India del Sur se combinan arquitecturas increíbles con un enjambre de vida alrededor, el Islam vivo.

No podemos abandonar Gulbarga sin visitar el Naft Gumbaz, los siete mausoleos-cúpula que, a semejanza de antiguas mastabas, elevan su airoso porte hacia el cielo. Aunque el recinto está cerrado a cal y canto, bastan unas monedas para convencer al soñoliento guardia de que haga la vista gorda y libere la cancela. Bóvedas gallonadas, pétreas celosías, olvidados cenotafios de reyes y soberanos, símbolos geométricos y florales a mayor gloria de Alá… ¿Qué ha quedado del poder de una de las dinastías islámicas más fabulosas de la historia del sur de la India? Este puñado de desafiantes tumbas, que se resisten a caer y elevan su corona, elegantes cúpulas, hacia el Universo.

Cae la noche sobre nosotros mientras avanzamos hacia Bijapur, la capital de los Adil Sahis. Los melismas de los almuédanos se encadenan, uniendo un pueblo tras otro, hasta que el sol se postra y la oscuridad lo envuelve todo. Los faros del autobús siguen iluminando un hormiguero de vida a la vera de la carretera. Una vaca-zebú, que según la mitología hindú contiene en su vientre los trescientos treinta millones de dioses de su panteón, nos mira con desinterés mientras balancea su testuz tozudamente.

Aunque la carretera que comunica Bijapur con Aihole no es mala, llegar

La maravillosa Dargah de Banda Nawaz, en Gulbarga

27.diciembre´2006 : Tras una escala de varias horas en el aeropuerto de Frankfurt, ponemos rumbo a la India a bordo de un flamante Boeing 747. El trayecto dura algo más de siete horas, y con la diferencia horaria aterrizamos en Bombay pasada la una y cuarto de la madrugada. Aún tenemos que superar los trámites de inmigración, recoger nuestro equipaje, pasar la aduana y tomar un autobús camino de la terminal de vuelos domésticos. Nuestro transferista, un correcto y britanizado joven, vaticina que perderemos el vuelo a Hyderabad programado para las tres y cuarto. Veinte minutos antes de la salida del avión de Jet Airways llegamos a la terminal, con nuestro acompañante convencido de que tendremos que esperar hasta el próximo vuelo… ¡a las seis y media de la mañana! Mientras él negocia con el supervisor, llevamos nuestras maletas al escáner de seguridad, y los minutos van pasando. Cariacontecido, nos comunica que no hay nada que hacer: el vuelo ya está embarcado y despegará en un cuarto de hora.

Como a insistente no me gana nadie, mientras el grupo escanea el equipaje vuelvo a la carga con el supervisor. Tras prometerle que seremos rápidos y poner cara de bueno, hace un par de llamadas y me dice que tenemos quince minutos para estar sentados en el avión, y ni uno más. Imagínense la escena: el mostrador de la compañía revolucionado, un caos de maleteros, agentes de facturación, policías, carreras, arcos de detección de metales… y los veintidós a bordo del avión. A los indios les va eso de que les den marcha. El correcto y britanizado transferista todavía debe estar preguntándose cómo conseguimos lo que él daba por perdido.

Una pequeña avería retrasa media hora el despegue. En cualquier caso, el vuelo dura apenas una hora. Hyderabad, la capital del Estado de Andhra Pradesh, ya se ha despertado cuando a las seis de la mañana ocupamos nuestras habitaciones del Taj Banjara. A nosotros nos esperan tres escasas horas de sueño.

Hyderabad es la quinta ciudad más importante de la India después de Nueva Delhi, Bombay, Calcuta y Madrás. Lo que pocos saben es que se trata de una de las ciudades islámicas más importantes de Asia. Tras un contundente desayuno, donde abundan las especialidades indoasiáticas, conocemos a Bhawani Rathure, “Bhawi” para los amigos. Será nuestro guía durante todo el periplo por la India meridional, formando tándem con Rashid Khan (nuestro chófer, un apuesto musulmán sunní) y Krishna, su ayudante hindú. Bhawi pertenece a la casta de los guerreros, y Krishna a la de los brahmanes.

Ojerosos, nos ponemos en marcha, camino del complejo monumental más antiguo de la ciudad: las Tumbas Qutub Shahi, donde reposan junto con sus familiares, cortesanos y eunucos los sultanes de la dinastía de origen persa que fundó la ciudad. El recinto es magnífico, inmenso: más de veinte mausoleos de planta cúbica, tambor poligonal y cúpula de bulbo rematada con estupa. Todo un híbrido entre la arquitectura clásica persa y la “grandeur” del Deccan, y radicalmente distintos a los que veremos mañana en Gulbarga (dinastía Bahmani) y Bijapur (dinastía Adil Shahi). Construidos en granito gris y posteriormente estucados, los mausoleos custodian hermosos cenotafios con versículos, aleas y azuras del Corán y el Hadith. Salpican además los jardines mezquitas, aljibes y baños mortuorios (ghusalkhana). Las primeras santifican el lugar; los segundos lo purifican; y los terceros, que cualquiera confudiría con un hammam, permitían lavar y ungir al muerto antes de amortajarlo y devolverlo a la tierra. Polvo eres.

La tumba del quinto sultán, Mohammed Quli Qutub Shah, es la más espectacular. Erigida sobre una plataforma elevada, sus espléndidas proporciones y arbitraria simetría dominan el espacio. Un complejo sistema de trompas resuelve el problema de la transición del cubo a la esfera, generando bellísimos efectos acústicos que el custodio del lugar se encarga de demostrar entonando una delicada llamada a la oración: Allah u Akbar!

A apenas 3 km de las tumbas se encuentra el Fuerte de Golconda. En el s.XIV no era sino una fortaleza de barro. Ampliada y reforzada por los Qutub Shahi, terminaría convirtiéndose en su capital. La dinastía fundaría más tarde Hyderabad, en la orilla opuesta del río Musi. Su poderío provenía de la explotación de minas de piedras preciosas: el diamante Koh-i-Noor, que adorna la corona británica, fue hallado en Golconda. La arquitectura de la ciudadela es imponente: casernas, caballerizas, espléndidos aljibes, un sistema hidráulico impactante a base de norias persas, mezquitas, palacios… Los directores de “Bollywood” adoran buscar localizaciones para sus producciones cinematográficas en las tumbas Qutub Shahi y en el Fuerte Golconda.

La antigua vía caravanera que une Golconda con Hyderabad pasa al lado de la mezquita Toli, una impactante y elaborada estructura del XVII. La rodea un asentamiento de musulmanes sunníes, raros en una ciudad predominantemente chií. Por doquier asoman mujeres cubiertas por un chador riguroso, y más parecería que nos hallásemos en cualquier provincia iraní que en el sur indio. A la vera del camino se multiplican las estructuras islámicas: medersas, janqas, la mezquita Kulsum Begum… Pronto llegamos al río, surcado por el viejo puente Puranapu (1578). Herencia colonial británica, dos inmensos pastiches neo-hindúes (el Tribunal Supremo y el Hospital Osmaniya) se enfrentan a ambos lados de la orilla.

Frente al hotel Madina, en plena ciudad vieja, se halla uno de los mejores restaurantes del barrio. Familias enteras de hindúes y musulmanes lo frecuentan para degustar las dos delicias locales: el biryani (un perfumado arroz con tropezones de pollo y cabra) y el kebab. Aquí es de rigor comer con los dedos de la mano derecha, impregnando el arroz de salsa, formando con él una bola y llevándoselo con un gesto rápido y decidido a la boca. Y es que en la India la comida, además de degustarla, hay que tocarla. El tacto es un sentido fundamental para los indios.

Como tenemos que visitar el Charminar, el monumento más famoso de Hyderabad, propongo que nos olvidemos por un instante de las comodidades del autobús y nos atrevamos a montar en tuk-tuk. Como en todas las grandes ciudades indias, decenas de miles de carricoches de tres ruedas contaminan las calles, asegurando un transporte rápido, barato y eficaz. Por apenas unas rupias recorremos la atestada avenida que pasa por los cuatro kamans (arcos) del Gulzar Hauz antes de llegar a “Los Cuatro Alminares” (Charminar, 1592). La fabulosa estructura y su mezquita fueron construidas como expiación por una epidemia de peste, y ocupan un lugar muy especial en la trama urbana de Hyderabad, cerca de la mezquita Meca. En nuestro intento por avanzar hacia la aljama nos topamos con una gigantesca manifestación de musulmanes que, a bordo de coches cuyas bocinas no paran de sonar en armoniosa cacofonía, enarbolan banderas amarillas con caligramas árabes verdes: hoy se celebra el día del santo patrón de la ciudad, y en unos instantes partirá de la mezquita la procesión. Puedo asegurarles que es uno de los instantes de mi vida en que se detuvo el tiempo. Por un lado, la Mecca Masjid, un ejemplo exquisito de la arquitectura Qutub Shahi, iniciada por Mohammad Quli Qutub Shah y terminada por el monarca mogol Aurangazeb a finales del XVII. Aquí, en una de las mezquitas más grandes de la India, reposan cinco Nizams, esos príncipes islámicos que hasta 1948 fueron los hombres más ricos del mundo. Y por el otro, miles de engalanados fieles llegados de todos los confines del Estado de Andhra Pradesh, luciendo imponentes turbantes de seda verde, deslumbrantes dijes, costosas piedras ricas y unos rostros que sólo pueden existir en los cuentos indo-persas: emaciados, orgullosos, con ojos delirantes y barbas mesadas con una maestría que sólo dan los siglos. A lomos de camello, los portaestandartes arrancan la procesión, seguidos del simpecado con las aleluyas a mayor gloria del santo. Detrás, magníficos, se arraciman corrillos de jeques, caíds, imames, santones, charlatanes… Una verdadera Corte de los Milagros donde no faltan los tullidos, los aprovechados y los falsos profetas: por una rupia, ¿quién no quiere oír aquello de que le esperan las huríes del Paraíso?

La marea humana apenas nos permite disfrutar de los marteletes con que afanados orfebres trabajan el pan de plata y el pan de oro en el vecino Bazar Lad. Tan antiguo como el Charminar y la Mecca Masjid, esconde restos de sus antiguas puertas en un maremagnum de tiendas donde hacerse con todo lo necesario para un casorio. Ya han caído las luces sobre Hyderabad mientras recorremos el mercado, y se pierden en la inmensidad de la noche los exaltados gritos de los fieles musulmanes, excitados por la oportunidad de visitar a su santo en un peregrinar que durará toda la noche.

Antes de regresar al hotel, y a pesar del cansancio, propongo visitar el Birla Mandir, un templo erigido por un particular en 1979 a mayor gloria de Vishnú. Ubicado sobre una de las colinas más altas de la ciudad, es un santuario blanco visitado por miles de fieles que buscan bendición por parte de los brahmanes que custodian el sancta-sanctorum del dios. Los nueve avatares de Vishnú y el décimo (Kalki) por venir, su encendida arenga al indeciso Árjuna en el Mahabhárata, su amor por Lakshmi… Monumentales altorrelieves cuentan estas historias de dioses y de hombres, mientras creemos que hemos vencido al sueño a pesar de haber dormido apenas tres horas. Una deliciosa cena acompañada de cerveza india, y a la cama: por hoy ya hemos cumplido con lo hindú… y con Mahoma.

El Charminar, uno de los grandes monumentos islámicos de la India

25 y 26.diciembre´2006: De madrugada, un grupo de 21 españoles y una suiza hemos sobrevolado el norte de España, toda Francia y el sureste alemán camino del aeropuerto de Frankfurt, donde estamos a la espera de que despegue nuestro vuelo con destino Bombay. Para amenizar la espera, un cuento popular indio:

La historia de los seis ciegos y el elefante

Hace más de mil años, en el Valle del Río Brahmanputra, vivían seis hombre ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era de todos el más sabio.

Para demostrar su sabiduría, los sabios explicaban las historias más fantásticas que se les ocurrían y luego decidían de entre ellos quién era el más imaginativo.

Así pues, cada tarde se reunían alrededor de una mesa y mientras el sol se ponía discretamente tras las montañas, y el olor de los espléndidos manjares que les iban a ser servidos empezaba a colarse por debajo de la puerta de la cocina, el primero de los sabios adoptaba una actitud severa y empezaba a relatar la historia que según él, había vivido aquel día. Mientras, los demás le escuchaban entre incrédulos y fascinados, intentando imaginar las escenas que éste les describía con gran detalle.

La historia trataba del modo en que, viéndose libre de ocupaciones aquella mañana, el sabio había decidido salir a dar una paseo por el bosque cercano a la casa, y deleitarse con el cantar de las aves que alegres, silbaban sus delicadas melodías. El sabio contó que, de pronto, en medio de una gran sorpresa, se le había aparecido el Dios Krishna, que sumándose al cantar de los pájaros, tocaba con maestría una bellísima melodía con su flauta. Krishna al recibir los elogios del sabio, había decidido premiarle con la sabiduría que, según él, le situaba por encima de los demás hombres.

Cuando el primero de los sabios acabó su historia, se puso en pie el segundo de los sabios, y poniéndose la mano al pecho, anunció que hablaría del día en que había presenciado él mismo la famosa Ave de Bulbul, con el plumaje rojo que cubre su pecho. Según él, esto ocurrió cuando se hallaba oculto tras un árbol espiando a un tigre que huía despavorido ante un puerco espín malhumorado. La escena era tan cómica que el pecho del pájaro, al contemplarla, estalló de tanto reír, y la sangre había teñido las plumas de su pecho de color carmín.

Para poder estar a la altura de las anteriores historias, el tercer sabio tosía y chasqueaba la lengua como si fuera un lagarto tomando el sol, pegado a la cálida pared de barro de una cabaña. Después de inspirarse de esta forma, el sabio pudo hablar horas y horas de los tiempos de buen rey Vikra Maditya, que había salvado a su hijo de un brahman y tomado como esposa a una bonita pero humilde campesina.

Al acabar, fue el turno del cuarto sabio, después del quinto y finalmente el sexto sabio se sumergió en su relato. De este modo los seis hombres ciegos pasaban las horas más entretenidas y a la vez demostraban su ingenio e inteligencia a los demás.

Sin embargo, llegó el día en que el ambiente de calma se turbó y se volvió enfrentamiento entre los hombres, que no alcanzaban un acuerdo sobre la forma exacta de un elefante. Las posturas eran opuestas y como ninguno de ellos había podido tocarlo nunca, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y de este modo poder salir de dudas.

Tan pronto como los primeros pájaros insinuaron su canto, con el sol aún a medio levantarse, los seis ciegos tomaron al joven Dookiram como guía, y puestos en fila con las manos a los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva más profunda. No habían andado mucho cuando de pronto, al adentrarse en un claro luminoso, vieron a un gran elefante tumbado sobre su costado apaciblemente. Mientras se acercaban el elefante se incorporó, pero enseguida perdió interés y se preparó para degustar su desayuno de frutas que ya había preparado.

Los seis sabios ciegos estaban llenos de alegría, y se felicitaban unos a otros por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema y decidir cuál era la verdadera forma del animal.

El primero de todos, el más decidido, se abalanzó sobre el elefante preso de una gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron que su pie tropezara con una rama en el suelo y chocara de frente con el costado del animal.

-¡Oh, hermanos míos! –exclamó- yo os digo que el elefante es exactamente como una pared de barro secada al sol.

Llegó el turno del segundo de los ciegos, que avanzó con más precaución, con las manos extendidas ante él, para no asustarlo. En esta posición en seguida tocó dos objetos muy largos y puntiagudos, que se curvaban por encima de su cabeza. Eran los colmillos del elefante.

-¡Oh, hermanos míos! ¡Yo os digo que la forma de este animal es exactamente como la de una lanza...sin duda, ésta es!

El resto de los sabios no podían evitar burlarse en voz baja, ya que ninguno se acababa de creer los que los otros decían. El tercer ciego empezó a acercarse al elefante por delante, para tocarlo cuidadosamente. El animal ya algo curioso, se giró hacía él y le envolvió la cintura con su trompa. El ciego agarró la trompa del animal y la resiguió de arriba a abajo notando su forma alargada y estrecha, y cómo se movía a voluntad.

-Escuchad queridos hermanos, este elefante es más bien como...como una larga serpiente.

Los demás sabios disentían en silencio, ya que en nada se parecía a la forma que ellos habían podido tocar. Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos que le molestaban. El sabio prendió la cola y la resiguió de arriba abajo con las manos, notando cada una de las arrugas y los pelos que la cubrían. El sabio no tuvo dudas y exclamó:

-¡Ya lo tengo! – dijo el sabio lleno de alegría- Yo os diré cual es la verdadera forma del elefante. Sin duda es igual a una vieja cuerda.

El quinto de los sabios tomó el relevo y se acercó al elefante pendiente de oír cualquiera de sus movimientos. Al alzar su mano para buscarlo, sus dedos resiguieron la oreja del animal y dándose la vuelta, el quinto sabio gritó a los demás:

-Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano – y cedió su turno al último de los sabios para que lo comprobara por sí mismo.

El sexto sabio era el más viejo de todos, y cuando se encaminó hacia el animal, lo hizo con lentitud, apoyando el peso de su cuerpo sobre un viejo bastón de madera. De tan doblado que estaba por la edad, el sexto ciego pasó por debajo de la barriga del elefante y al buscarlo, agarró con fuerza su gruesa pata.

-¡Hermanos! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera.

Ahora todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera del elefante, y creían que los demás estaban equivocados. Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa.

Otra vez sentados bajo la palmera que les ofrecía sombra y les refrescaba con sus frutos, retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante, seguros de que lo que habían experimentado por ellos mismos era la verdadera forma del elefante.

Seguramente todos los sabios tenían parte de razón, ya que de algún modo todas las formas que habían experimentado eran ciertas, pero sin duda todos a su vez estaban equivocados respecto a la imagen real del elefante.

24.diciembre´2006 : Uno de los libros más entrañables que he adquirido para leer en los siempre tortuosos y largos caminos de la India del Sur es El Mahabhárata contado por una niña. Los Pándava y los Káurava, encarnizadas familias enemigas, se asoman a las páginas de este monumental Mahabhárata con la misma simplicidad con que abordó la epopeya Peter Brook en las tablas y en su versión filmada. Su autora, Samhita Arni, lo redactó e ilustró cuando contaba 12 años, y es increíble comprobar con qué facilidad es capar una niña de sintetizar un texto difícil, grandioso y trufado de personajes hasta la desesperación. Salvando las distancias, me parece tan meritorio como ese impagable Homero, Ilíada con que Alessandro Baricco construía uno de los concertantes más espectaculares de la literatura de los últimos años.

Hace algunos meses, en un periplo por Vietnam y Camboya, contaba a un grupo de amigos viajeros las peripecias de Rama y Sita frente a las escenas del Ramayana que se narran en el gran templo de Angkor Wat. Se trata de otro texto inmenso: cuando el poeta Valmiki finalizó su Ramayana, Brahma declaró que esa epopeya perdudaría en tanto las montañas fluyeran. El significado interno de la bendición de Brahma es que el Ramayana será fomentado en tanto los hombres (montañas) y mujeres (ríos) existan sobre la tierra.

Interruptus prosaico: hace un par de horas he paseado por la Parte Vieja donostiarra, y como todos los años me he cruzado con el "Olentzero Encarcelado". Los partidarios y simpatizantes de Batasuna llevan en parihuelas por San Sebastián un olentzero (el Santa Claus local) enjaulado, mientras sostienen pancartas a favor de los presos etarras, lanzan encendidas soflamas independentistas y piden donativos cantando atávicos y emotivos temas vascuences.

Es algo así como el "Tradition! Tradition!" de El Violinista en el Tejado, pero con boina.

Ganesha, escriba del Mahabhárata

24.noviembre al 23.diciembre´2006 : "Todo europeo que llega a la India adquiere paciencia si no la tiene, y la pierde si la tiene".

Evoco este celebérrimo proverbio indio porque dentro de apenas tres días me embarco en una nueva expedición a La India del Sur: Andra Pradesh, Karnataka y Tamil Nadu, junto con un grupo de 21 viajeros. "La prisa mata", dicen con sorna los alcuzcuzeros de la plaza de Jemaa-el-Fna, en Marrakech, al ver el desespero de los extranjeros mientras remueven el guiso con sus cucharones. Tan sabios son más allá de las Columnas de Hércules como en las cuencas del Indo.

Emprendo el viaje en busca del bailarín cósmico. Bonito leit-motiv para guiar los pasos del errante. Con su refinada coreografía, el Nataraja Shiva me llevará hasta el corazón del mundo, su fabuloso templo en Chidambaram, y me hablará de arte en la lengua de los dioses. Aquí inauguró Shiva la danza cósmica que creó el Universo. Al hiduismo le van a venir con teorías del Big Bang...

"A imagen del macrocosmos, el microcosmos. A imagen de la partícula, el Universo. A imagen del hombre, el Cosmos".

Creando el Cosmos, como Shiva... (Niña en Chidambaram). Foto: Pedro Lavado

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